Pues sí, ha habido otra mudanza. Llevábamos  varios años en mochilados.com y, como se ve, desde hace un par de días estamos aquí, en mochilados.es

Todo lo que había allí, absolutamente todo (entradas, comentarios, usuarios, imágenes, etc.), lo hemos trasladado aquí. Y en unos meses, el venerable mochilados.com desaparecerá. Desde hoy, todo lo nuevo estará sólo aquí, en mochilados.es

A los muchos y muchas que llevamos años compartiendo camino en estas páginas, lo de mudarse no les pillará de nuevas. ¿Hacemos un repaso a la historia?

  1. El 16 de marzo de 2004 (buf, y a mí que me sonaba que fue ayer) inicé un blog llamado «Codo a Codo». Se alojaba en un sercio de blogs llamado InfoAragón, del que tengo pocos recuerdos. Sólo sé que era gratuito y sencillo de usar, lo que, unido a mi desconocimiento total de los tecnicismos del asunto, me llevó allì, y tan contento. Como dije en su primera y peculiar entrada, no sabía entonces ni sé ahora por qué empecé un blog, y menos en esa extraña -para mí- fecha.
  2. No sé decir en qué fecha pasé todas las entradas y comentarios a un veterano de esto, Blogia. De hecho, en Blogia aún puede verse ese blog «Codo a codo». Pero no tarde m, la anterior aucho (incluso me suena que es que InfoAragón pasó a Blogia, peor no estoy seguro).
  3. El 7 de marzo de 2008, aquel blog «Codo a Codo» se trasladó a WordPress, concretamente a «En la calle codo a codo… somos mucho más que dos», donde, una vez más, se copio todo el contenido del blog anterior.
  4. Pasan los años y crece -por narices- mi conocimiento de html, php, y demás entrañas de todo esto (lo de que crece mi conocimiento significa que pasa de «nulo» a «escaso», no nos engañemos). Así, el 26 de enero de 2013 creo una web de pago llamada «El Tiempo de Momo» (pongo el enlace sólo por curiosidad, porque la página ya no existe) Web que, entre otras cosas, tenía un blog en el que, una vez más, recojo todo el contenido de los blogs anteriores.
  5. Cuestiones organizativas de mi propia -y múltiple- identidad en internet me llevan a un nuevo cambio el 2 de diciembre de 2014. Todo pasa a una nueva web de pago la anterior a esta: mochilados.com (que, como comenté, desaparecderá en unos meses).
  6. Y, como queda dicho, el 7 de febrero de 2021 nace lo que ves: mochilados.es (el -penoso-pareado es aposta).

Releyendo esto me da la impresión de que no hago más que cumplir lo de «que todo cambie para que nada cambie«. Pero, no sé, la verdad es que hay y conozco las razones de cada cambio.

Y, qué porras, las cosas han sido así, y el camino de un blog -como el camino de la vida- no siempre es líneal, no siempre es coherente, y, desde luego, no siempre es el ideal. Pero vamos mejorando jeje

Vivir en salida

[imagen tomada del Instagram de @mercedoniam]

Vivir en salida.
Dentro tenemos lo seguro (pero estéril),
lo ya conocido (pero anquilosado),
lo controlable (pero porque no hay novedad).

¿Y fuera?
Fuera está el riesgo,
lo que hay que aprender,
lo que no encaja en nuestros esquemas.

Toca elegir.

Elegir si quedarnos dentro y que, si quieren, entren ellos
(para eso nosotros somos «los buenos, los que tenemos la verdad»).

O elegir vivir en salida.
Vivir para pescar -si es el caso- fuera de la pecera,
vivir para seguir las huellas del que siempre va por delante de nosotros,
vivir sabiendo que «lo de dentro» no existe más que para servir a «lo de fuera».

Vivir, en fin, en la salida del encuentro samaritano.

Sí, nos mancharemos del polvo del camino,
pero será polvo enamorado.

@Mochilados

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«Cuanto más coro formamos
(cuanto más corales somos),
más se ve obligada la melodía a cambiar»

The more we are a choir

[imagen tomada del Instagram de @mysisterorg]

Toda intervención social,
y especialmente una pastoral social samaritana y en el Espiritu de Jesus,
no puede limitarse al acompañamiento y el codo a codo con el/la pobre y descartado/a.

Atender y paliar las consecuencias de la #pobreza implica, necesariamente,
hacer frente a las causas de esa pobreza.

Porque la pobreza no ocurre porque sí, ni por una fatalidad ineludible.
La pobreza tiene causas.
Y, frente a ellas, hay que hacer incidencia sociopolítica.

Una incidencia coral,
una incidencia que forme coro con otros/as,
tanto de «dentro» como de «fuera» de nuestra pecera.

No es fácil reformar la melodía de la historia que imponen los poderosos
y que impone -a veces insensiblemente- nuestro vivir cotidiano,

Pero…. «Cuanto más coro formamos (cuanto más corales somos), más se ve obligada la melodía a cambiar».


La frase completa es de la actriz y autora Amber Tamblyn: «The women I know, myself included, are done playing the credentials game. We are learning that the more we open our mouths, the more we become a choir. And the more we are a choir, the more the tune is forced to change«.

@Mochilados

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Somos de colores
Somos de colores.

Y ay de la intervención social que lo olvide.
Esa persona que acompañas,
no es «un caso», no es «un tal» o «una cual».
Esa persona es de colores,
y «su caso» hay que leerlo desde ella, con ella, para ella.

Lo mismo cuando se nos llena la boca explicando
cómo son «los jóvenes», o «las mujeres», o ta o cual colectivo.
Somos de colores. Y no sólo por la raza.

A fin de cuentas, «a imagen y semejanza suya los creó».
Y Él -más que nadie- es de colores.

@Mochilados

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En mi barrio no peleamos por el Trono de Hierro,
ni hay Lannister o Targaryen,
y las khaleesis son mujeres del día a día, que es mucho más. Pero…

Pero, a veces,
de los contenedores, de lo que ya no cuenta, de lo y los descartados,
salen dragones.

Texto y foto: @Mochilados

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Publicado el día en que Miriam, de nuestra pequeña iglesia doméstica, celebra su Confirmación en el Espíritu y ante la Asamblea del Pueblo de Dios.

Himnos al Espíritu SantoTodos sabemos que la Iglesia, para su celebrar a lo largo del año, usamos multitud de himnos, cantos, oraciones, etc. Textos que, evidentemente, aparecen o son olvidados según el gusto y la sensibilidad de cada época, o de cada lugar (rito latino, oriental, otros ritos…), o de, en fin, la importancia que el pueblo ha dado a ese texto en su vivir la oración y la celebración.

Por eso, son importantes aquellos textos que, a pesar de todo, se han mantenido a lo largo de los siglos, pues revelan que los cristianos han querido que esos textos no se perdieran. No son muchos. Y, curiosamente, entre ellos hay dos himnos al Espíritu Santo. En nuestra iglesia occidental, ambos son conocidos por su primer verso en latín: “Veni, Creator” y “Veni, Sancte Spiritus”.

Antes de copiar la traducción usual (hay otras) de ambos himnos, digamos algo sobre cada uno.

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Alepo, Mosul, Lesbos… Siria, Irak, Grecia… Y tantos otros lugares de dolor que suenan menos al no estar en las primeras páginas y las noticias de apertura. No sé cómo contarán todo eso en el futuro los libros de historia. Pero cada vez tengo más claro que nuestros nietos se peguntarán cómo fuimos capaces de no hacer prácticamente nada. Se preguntarán no ya el porqué de que los políticos y los poderosos permitieran tales barbaridades, tales sufrimientos, tales injusticias. Se preguntarán por qué tú, yo, y la gran mayoría de cada uno de nosotros y nosotras, seguimos con nuestra vida cotidiana mientras, eso sí, decíamos «qué barbaridad» antes las imágenes de la tele que estábamos viendo mientras nos levábamos a la boca el tenedor con la ensalada o el filete.

No sé. Sé que no son (somos) pocos los que andamos haciendo lo que buenamente está en nuestra mano hacer: que si una firma, que si una manifestación, que si un correr información en las redes sociales… Y sé, gracias a Dios, que por aquí y por allá hay un puñado de hombres y mujeres dándolo todo para rescatar a alguien, para intentar mantener en pie un hospital, para forzar una resolución política… Pero me sigo preguntando qué pasa con la mayoría, con este colectivo que formamos la familia humana de este Primer y Triste Mundo. Me pregunto cómo es que, no sé, no hayamos salido a la calle por millones paralizando todo hasta que se deje de verter sangre o no se nos haya atragantado a todos esa ensalada y hayamos colapsado los servicios médicos, o hayamos mandado a la porra tanta imbecilidad de si mi partido apoya o no apoya un nuevo gobierno y les hayamos dicho a todos esos memos que se dediquen a salvar las vidas de todos los que están muriendo sin tener que morir…

No sé, me hago esa pregunta. Y no tengo respuesta.

@Mochilados

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Oración de Sabine Naegeli (cogida de la web de PastoralSJ)

Sabine Naegeli. Señor bendiceSeñor, bendice mis manos
para que sean delicadas y sepan tomar
sin jamás aprisionar,
que sepan dar sin calcular
y tengan la fuerza de bendecir y consolar.

Señor, bendice mis ojos
para que sepan ver la necesidad
y no olviden nunca lo que a nadie deslumbra;
que vean detrás de la superficie
para que los demás se sientan felices
por mi modo de mirarles.

Señor, bendice mis oídos
para que sepan oír tu voz
y perciban muy claramente
el grito de los afligidos;
que sepan quedarse sordos
al ruido inútil y la palabrería,
pero no a las voces que llaman
y piden que las oigan y comprendan
aunque turben mi comodidad.

Señor, bendice mi boca
para que dé testimonio de Ti
y no diga nada que hiera o destruya;
que sólo pronuncie palabras que alivian,
que nunca traicione confidencias y secretos,
que consiga despertar sonrisas.

Señor, bendice mi corazón
para que sea templo vivo de tu Espíritu
y sepa dar calor y refugio;
que sea generoso en perdonar y comprender
y aprenda a compartir dolor y alegría
con un gran amor.
Dios mío, que puedas disponer de mí
con todo lo que soy, con todo lo que tengo.

JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN
– Madrid, sábado 3 de septiembre de 2016 –

Véase abundante material escrito y gráfico de este importante evento en la entrada específica de la web de la Vicaría episcopal de Pastoral Social de Madrid (donde se integra la Comisión de Ecología Interal).

 

De Marx a Marcuse: el poder del consumismo frente a la «revolución del proletariado».
Muy lúcido artículo de Manuel Hidalgo, publicado en el diario El Mundo el 3.6.16.

AYER ME ACORDÉ de Herbert Marcuse, que ya es acordarse en un día de cielo azul y tanto sol. El pensador alemán, que hizo furor en la España de los años 70, no está ahora muy visible en el escaparate de la discusión política y cultural.

Sería interesante leer El hombre unidimensional. Pablo Iglesias lo conoce, seguro. Marcuse actualizó a Marx y a Freud, haciendo un análisis muy pesimista (aunque no del todo) de las posibilidades de quitarse de encima el sistema capitalista. Para Marcuse, el capitalismo había conseguido alienar al personal (su conciencia, sus valores) mediante las golosinas del mercado, creando (con ayuda de los medios de comunicación y de la publicidad) un gran contingente de necesidades falsas, de deseos, que sólo se pueden satisfacer mediante el consumVolar el sistemao, máxima garantía de la supervivencia del sistema capitalista.

Pero ya sé por qué, en día tan gratamente primaveral, me he acordado de Marcuse. Ha sido al leer -lo recomiendo, gran literatura- El atasco y demás fábulas, de Luis Goytisolo. Un empresario de ficción (muy real, por tanto) dice ante sus colegas: «La regla de oro nos afecta a todos por igual. Esto es: que todo productor asalariado gane lo suficiente para ser al mismo tiempo consumidor».

Algunos izquierdistas desorientados creen que los capitalistas se siguen rigiendo con los desnortados principios de sus tatarabuelos. Error. El capitalismo hace tiempo que descubrió, con pragmática inteligencia, que era preciso pagar sueldos aceptables («ya negociaremos con los sindicatos») a sus trabajadores para que éstos estuvieran en condiciones de consumir los productos, bienes y servicios que ellos llevaban al mercado. Del móvil a Cancún.

Este consumo, que convierte en necesario lo innecesario, no sólo garantiza la continuidad del capitalismo, sino que elimina o reduce al máximo la rebeldía del trabajador, satisfecho por acceder a un bienestar que, en gran medida, identifica con disponer de cosas que no necesita, pero cree necesitar. Además, los bancos están para ofrecer créditos e hipotecas que permitan acceder a lo en principio inaccesible, de manera que, por decirlo mal y pronto, todo el mundo queda atrapado y sumiso en la rueda y en la lógica del sistema.

¿Huelga? Será para ganar más dinero con el que comprar más cosas, piensan los listos capitalistas. Estamos hablando de las famosas «clases medias», propiciadas por el capitalismo, ya que las clases medias no son -atrapadas por el deseo de lo innecesario- sino masas bizcochables de consumidores.

¿Una huelga de consumo de quince días o más? ¡Dios mío, sería el fin! Cerrarían fábricas, comercios y empresas de servicios. Y, claro, habría millones y millones de desempleados en la calle. El sistema capitalista se vendría abajo, aplastando entre sus ruinas a las clases altas, medias y bajas, y a todo cristo, con perdón. Entonces, mira, podríamos pensar a ver qué hacemos, qué inventamos de nuevo. ¿Y qué inventaríamos, con qué valores? El reto, después de la hecatombe, es estimulante.

No sé, algunos hablan de cambios en esta eterna campaña electoral. ¿Pero de qué cambios hablan? Está por ahí la regeneración de la democracia y tal, que no es poca cosa, pero cambio, lo que se dice cambio, sería, en efecto, volar el sistema, pero, para eso, cada uno tendría que volarse a sí mismo -dicho todo en sentido metafórico-, adoptando otros valores, eliminando tantos deseos… No veo yo que…

¿Nos hemos fijado alguna vez en las muchas veces que, en la liturgia de la Vigilia Pascual, se hace referencia al aquí y al ahora?:

  • En esta noche santa… (monición inicial).
  • Cristo ayer y hoy… suyo es el tiempo… (bendición del cirio)
  • éstas son las fiestas de Pascua… Ésta es la noche… [se dice hasta seis veces] … esta noche santa… En esta noche de gracia… (pregón)
  • También ahora, Señor, vemos brillar… (oración de la tercera lectura).
  • ¡Oh, Dios!, que iluminas esta noche santa… (oración colecta).
  • Mira ahora a tu Iglesia en oración… (bendición del agua).

Y eso atendiendo sólo a expresiones literales, porque si se amplía el campo, la celebración está llena de referencias al ahora. Ahora, aquí. Esta noche. Ésta, no otra, esta noche. Ésta es la noche de la Pascua. Esta.

Esta es la Noche de PascuaY esta noche será como sea. No sé si esta noche será para ti una noche en que estés bien o no lo estés, una noche en que la vida te esté yendo rodada o en que todo sea cuesta arriba, una noche en que tu vida vaya según la has planeado o soñado… o no. Pero ésta es la noche, éstas son las fiestas de Pascua. Esta noche.

Esta noche, esta noche de hoy, es LA noche. Esta noche que miles de refugiados viven en el olvido más inmisericorde de la poderosa Europa. Esta noche donde tantos y tantas buscan en la calle un lugar donde medio dormir. Esta noche donde el hambre es lo único que llena el estómago de buena parte de la humanidad, incluyendo a no pocas familias del Primer Mundo. Esta noche en la que hay varones dispuestos a degradar a mujeres pagándoles para que les den el sexo que siempre debería ser fruto del cariño. Esta noche que es continua en las minas de África que alimentan con sangre neustro Primer Mundo. Esta noche que ciega los ojos nublados por el alcohol de ese adolescente que piensa que ésa es la fiesta. Esta noche que sigue siendo noche de guerra en lugares que conocemos y lugares que hemos olvidado.  Esta noche, esta noche de tantas y tantas oscuridades en el mundo lejano y el cercano, esta noche, es la noche. Seguir leyendo

Viernes Santo de CrucificadosNo es fácil hablar de la muerte de Jesús, más si se es consciente de que, más que una muerte, fue una ejecución: Jesús no se murió, a Jesús le mataron.

Con todo, sigo reyendo que hay un escrito imprescindible para asomarse al abismo d  esa muerte, un escrito que centra perfectamente el, quizá olvidado por nosotros, auténtico sentido de eso que decimos de que Jesús ha «muerto y resucitado por nosotros».

Me refiero, claro, a un texto de Jon Sobrino que tiene ya muchos años, pero que sigue siendo ineludible para todo el que quiera entender qué significa afirmar la Muerte y la Vida del Señor. El artículo se titula «El Resucitado es el Crucificado», y se recogio en este blog hace ya unos años: pincha aquí para ir a él.

La esencia de la comprensión del Jueves Santo –y, en general, de toda la Buena Noticia del Reino– no está tanto en proclamar “el amor”, como en entender “qué amor” se está mostrando y se está ejerciendo en favor de tantos y en frente de tantos otros.

Como tantas veces, hay que volver a la Palabra para entender de qué estamos hablando cuando hablamos del amor en la Buena Noticia de Jesús. Y la Palabra del Jueves Santo es estremecedoramente coincidente en algo que, por la razón que sea, no pocas veces se pasa por alto.

“Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor” (1ª lectura).

“Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y…” (2ª lectura).

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…” (evangelio).

Amor del Jueves Santo 1Fuera como fuera aquella última cena de Jesús con sus discípulos (y, dicho sea de paso, más que probablemente también con sus discípulas), lo que es seguro es que, históricamente, Jesús la plantea en una realidad de fracaso total. No es, y permítaseme cierta ironía,  una cena triunfante, donde entre canticos e inciensos, Jesús hace un bello signo al lavar los pues a los demás mientras todos entonan emocionados el Ubi Caritas. No. Aquella cena se realiza cuando, hasta donde llega la vista humana, todo ha fracasado. Jesús es consciente, con una tremenda lucidez, de que todo estaba acabado, de que su horizonte inmediato era el “ser entregado” y “pasar de este mundo al Padre”. La muerte, y muerte de cruz, no era ya sólo una posibilidad, era una realidad que aparecía inmediata y patente. Y Jesús tiene que enfrentarse no ya sólo al brutal hecho físico de la tortura y la ejecución, sino al no menos brutal hecho de la victoria (¿aparente?) del mal, del poder, del daño… Los suyos le van a traicionar y abandonar, además de que prácticamente no han entendido casi nada de lo que ha intentado vivir con ellos durante esos años de itinerancia. Los dirigentes religiosos del pueblo se han encastillado en su falsa e idolátrica religiosidad, y buscan directamente su muerte. El pueblo sigue igual de voluble, y sigue buscándole más como el que da pan o puede ser el Mesías triunfante que llega a Jerusalén que como el que está “en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Y, en fin, pareciera que todo su grito y su hacer de que el reinar de Dios es posible porque ese Dios se ha empeñado en nuestra historia con el amor de un Abba, de modo que los más pequeños son sentados a la cabecera de la mesa de la felicidad (ver las bienaventuranzas: Mt 5, 1-12 y Lc 6, 20-23) porque ese amor entrañable de Dios se pone de su lado y se enfrenta a los poderosos y a los ricos (ver el canto de María: Lc 1, 51-53), parece que ha caído en el vacío. No es extraño que, poco después de esta cena, Jesús grite a Dios que por qué le ha abandonado (ver Mt 27, 46).

Y en ese fracaso, en ese ver todo hundido, en ese entender que ya se acabó el itinerar y el predicar y el hacer las obras del Reino, en ese ver levantarse toda la fuerza del mal, el daño y la muerte (“esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas”, Lc 22, 53), justo en ese momento… una Cena. Lo que llamamos la Última Cena, con la inmensa profundidad del lavatorio de los pies y el gesto y las palabras del pan partido y la copa compartida, Jesús podía haberla hecho en cualquier otro momento. Podía haberla hecho en el monte de las bienaventuranzas, o tras resucitar a Lázaro, o cuando sus discípulos volvieron de la misión, o cuando fuera. Pero no. Jesús desea ardientemente esa Cena con los suyos (ver LC 22, 15) justo ahí, justo en el fracaso, justo cuando ya no cabe decir ni hacer nada, justo cuando hasta el mismísimo Dios parece haber sido vencido por todos los antidios de este mundo (que, por ser antidios, son antihombre), justo en ese momento Jesús sienta a los suyos a una Cena.

Y no una Cena cualquiera. Una Cena Pascual. Una Cena en la que, frente a todo Faraón esclavizador (de uno mismo o de tantos y tantos prójimos), se proclama que Dios va a hacer justicia de todos los dioses de Egipto. Una Cena en la que el amor no se viste de rosa, sino del rojo de la sangre de la liberación. Una Cena en la que, mientras la más profunda oscuridad de la noche rodea al pueblo, los oprimidos y dominados por los poderes de este mundo, son liberados por pura misericordia, e invitados a ponerse en camino de prisa porque la marcha hacia la Nueva Tierra ha empezado ya.

El Jueves Santo hay que hablar del amor sólo en la medida en que enmarcamos ese amor en el mismo marco en el que lo puso Jesús: el amor de un Dios que hace frente al Faraón, a todos los faraones, a todos los que pretenden acallar que Dios es Dios siéndolo de los que no cuentan. Y que ese apostar de Abba por aquellos por los que ha descartado el mundo, no es algo que quizá tenga éxito, sino que es ya definitivo y radical, porque ese amor “a favor” de éstos y “en contra” de aquéllos se realiza precisamente cuando, aparentemente, ya no cabe esperanza, se realiza pura y simplemente porque “Yo soy el Señor” (1ª lectura).

Esa es la Cena del Jueves Santo. Y o lo entendemos y vivimos así, o convertimos el amor de Jesús en algo desvaído y desencarnado. El amor del Jueves Santo es el amor de la Cena Pascua, de la liberación de todos los Egiptos, de la puesta en marcha liberadora del pueblo esclavizado. Y eso se realiza, en Jesús, no ya matando a los primogénitos, sino entrando al misterio de la muerte en el lavar los pies y en el entregar la propia vida.

En el momento en que Jesús se quita el manto y se pone a los pies de los suyos, lo que está ocurriendo no es sólo eso que solemos decir de que si un acto de humildad, un acto de abajarse, y tal y cual (como si, en el fondo, todo fuera una escenificación más o menos moralizante). Lo dice claramente Juan: es extremar el amor, es llevar el amor a donde aparentemente ni puede llegar, es amar donde lo lógico sería escapar, renunciar, mandar todo a paseo. Cuando todo fracasa y el Sanedrín, Pilatos, y el Mundo alzan su poder mortífero, Jesús responde con la única “arma” que puede dar esperanza a los que no tienen ninguna arma: el amor extremado. Un amor extremado que no es un acomodarse y aguantar el latigazo en espera de días mejores, sino un auténtico ponerse en pie frente a todo opresor haciéndole frente con lo único que él no puede afrontar: el Dios que es “el Maestro y el Señor” (ver el evangelio) precisamente poniéndose a los pies de los últimos de forma definitiva e irrevocable. El amor fraterno, leído en la Cena de Pascua y hecho vida a los pies de los excluidos, es el amor que nada ni nadie puede vencer, el amor del que nada ni nadie –ni siquiera el fracaso total de esa noche– puede separar al ser humano que es agarrado por él (ver el himno de Rm 8, 31-38).

Si hubiera que hacer frente a los faraones de este mundo desde un amor que calmara tormentas o repartiera cinco panes entre una multitud inmensa, no habría esperanza para los que no somos capaces de eso ni nada parecido. Pero si el amor que se atreve a proclamar ante Pilatos que él es rey (ver Jn 18, 37) es un amor cuya fuerza es partirse a sí mismo para repartirse y vaciarse a sí mismo en favor de todos, entonces el triunfo de ese amor es posible, porque ningún Pilatos puede impedir eso a nadie, ni siquiera a los últimos de este mundo. El Pan y el Vino que Jesús comparte con los suyos, es, como antes, compartido en la Cena Pascual. No son un mero signo de que “hay que compartir”, “hay que darse”, “hay que…”. Son la presencia siempre viva de qué y quién es Dios, de qué y quién es el Liberador, de qué y quién es el que encabeza el Nuevo Éxodo. La propia vida, entregada, se convierte en el ángel que atraviesa la historia liberando a los marcados con esa sangre de todos los que hacen sangrar a otros. Partir para repartir y vaciarse para darse, son el signo de qué es el amor de Dios, de cómo nos ama el primero ese Dios que, desde su amor, nos invita a amarnos como él nos ama, para que ese amor proclame la victoria de la muerte del Señor hasta que él vuelva (ver la 2ª lectura).

Por eso la eucaristía es, o debería ser, subversiva. Un Jueves Santo donde el amor quede reducido a un sentimentalismo más o menos vivido, es un Jueves Santo alejado de lo que fue y, porque fue, es y seguirá siendo. El amor de la Cena Pascual es el amor que se enfrenta a todo opresor convirtiendo ese amor en pura entrega y vaciamiento, pero entrega y vaciamiento liberador, consciente, subversivo. El Jueves Santo es el día del amor, pero de un determinado amor que es, en definitiva, el amor de Dios, el amor que es Dios (ver 1ºJn 4, 8) y tal y como es Dios.

Si no celebramos así, celebramos a un ídolo, no al Dios de Jesús, no a Jesús el Señor. Y por eso, una vez más, nos agarramos a la palabra de Casaldáliga:

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

Amor del Jueves Santo 2

@Mochilados

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He dicho más de una vez que el Domingo de Ramos no es una de mis celebraciones preferidas. Pero, en realidad, lo que no termina de convencerme es cómo lo hemos desvirtuado.

Litúrgicamente, cierta responsabilidad de ese desvirtuar, que ahora explicaré, se debe a que proclamemos la Pasión. Es cierto que tal cosa proviene de la espléndida intención del Vaticano II de que la Palabra volviera a ser escuchada y asumida por el pueblo. Y, dado que el Viernes Santo siempre se lee la Pasión de Juan, el domingo de Ramos parecía buen momento para proclamar las pasiones según los sinópticos.

El problema es que, tal y como desarrollamos la celebración, parece que todo se centra en la Pasión, y queda postergado el evangelio y mensaje central de este día: la entrada en Jerusalén.

Pero el caso es que es ahí, en esa entrada, donde encuentra sentido el domingo de Ramos en cuanto pórtico de la Pascua.

Y es que la llegada de Jesús a Jerusalén no es casual. Jesús sube a la ciudad, a la capital, conscientemente y sabiendo lo que se juega. Y, de hecho, sus discípulos le advierten que en Jerusalén le buscan para matarle.. Pero tal es la decisión de Jesús que lo único que les queda es seguirle a la desesperada: «subamos y muramos con el» (Jn 11, 16).

Dicho de otro modo: Jesús podía haber evitado ir a Jerusalén. Podía haber seguido su itinerancia por Galilea, por Judea, por Samaría… Y muy probablemente no habría tenido especiales problemas. El poder se concentraba en la capital, pero en el pequeño mundo rural era difícil que ese poder llegara a concretarse en un apresamiento y un final violento (recuérdese que, incluso en Jerusalén, a Jesús tienen que salir a prenderle de noche y a escondidas, para evitar la rebelión de las multitudes).Recuperando domingo de Ramos

Pero Jesús quiere subir a Jerusalén. Quiere a ir al centro del poder, al lugar donde está el corazón del poder político y militar (Roma, la única que puede condenar a muerte) y del poder politico-religioso de su pueblo (el Sanedrín y sus distintas facciones religiosas: fariseos, saduceos, etc.). Jesús quiere ir «a la ciudad», al espacio de donde se supone que tiene que nacer la verdadera religión del Pueblo de la Alianza -el lugar del Templo- y el espacio donde hay que demostrar que la Buena Noticia de amor del Reino del Abba llega a todo y a todos, también a esa «ciudad», a ese cimiento y condensación del poder.

Desde ahí, claro que tiene sentido el Domingo de Ramos. Tiene sentido si no se le reduce a un puro espiritualismo de «Jesús viene a sufrir por nosotros». Tiene sentido si no se le despoja de lo que tiene de profundo enfrentamiento a todo poder, a toda forma de opresión civil o religiosa, a todo lo que pretenda acallar la voz de los que no tienen voz justo allí, en el corazón de la ciudad («si éstos callaran, gritarían las piedras», Lc 19, 40). La entrada de Jesús en Jerusalén -denostado por el poder y aclamado por el pueblo, por más que ni uno ni otros entiendan bien el sentido de esa entrada, que Jesús va a hacer mesiánica (liberadora) lavando los pies y partiéndose y repartiéndose- tiene un profundo carácter subversivo, es un fuerte grito de rebelión frete a las fuerzas de este mundo, frente a todo Pilatos, todo Sanedrín, toda manipulación de Dios en contra del ser humano.

Si se le quita al domingo de Ramos ese carácter se le desvirtúa por entero, del mismo modo que si se olvida que el Jueves Santo es la Cena de la Pascua que libera de Faraón o que el Viernes es el triunfo de la nueva forma de realeza frente a todo rey de este mundo. El domingo de Ramos abre la Pascua sacándonos a la calle, y proclamando allí, ante todo poder, que el verdadero Mesías, al que gritamos «Hossanna al Hijo de David» quiere entrar en la ciudad. Sabemos cómo va a ser Mesías y Rey, y así lo celebraremos en los días de Pascua. Sabemos que no va a alzar la espada contra los poderosos. Pero proclamamos, agitando nuestros ramos, que el poder de este que entra en la ciudad pone fin a todo poder que no sea el suyo.

A mí siempre me ha intrigado pensar lo que le dirían sus paisanos a los Magos cuando dijeron que se iban a seguir una Estrella.

Reyes Magos tras la estrella«¿Pero a quién se le ocurre, estáis locos o qué?… Pero si ya tenéis la vida hecha, y tenéis una seguridad… Pero si no hace falta irse a ningún lado para buscar sueños, podéis buscarlos aquí… ¿Y si os equivocáis, y si todo es un engaño, y si esa Estrella no lleva a ninguna parte?… ¿No será mejor tener los pies en la tierra?… Aquí tenéis amigos, tenéis gente que os quiere y que queréis, tenéis una seguridad económica, ¿y vais a dejar todo eso por una aventura que no sabéis a dónde lleva?… ¿Y de qué vais a vivir, porque ya se sabe que «primum vivere, deinde filosofare«, useasé, primero vivir y luego filosofar…?».

Y ellos no sabían contestar a esa pregunta. Sólo sabían que la Estrella estaba ahí. Y que la locura de seguirla era lo que tenían que hacer si de verdad querían seguir mirándose al espejo (cobre bruñido) cada mañana y poder decirse: «Mereces la pena».

No hace ni una semana que la barbarie y la sinrazón terrorista golpearon nuevamente en París. Y, por otro lado, aparentemente inconexo, la eucaristía de hoy narra en la primera lectura un episodio del segundo libro de los Macabeos (2, 15-29), que, de algún modo, refleja el hecho histórico de la revuelta macabea . Y, lo siento, pero a mi hay cosas que me chirrían, y mucho.

Soy de los que piensan que la liturgia católica necesita, y necesita ya, una reforma. Una reforma que no sea un mero lavado de cara, sino que atienda a lo profundo, y que con densidad y seriedad renueve gestos, simbologías, palabras y textos. Y también, el uso que hacemos en la liturgia del Antiguo Testamento. Y de esto último tendría un día que escribir despacio. Pero hoy no puede ser, así que me limito a este caso de Matatías que proclamamos hoy en la eucaristía.

Atentados París y Macabeo MatatíasSegún el texto, cuando los funcionarios del rey invasor llegan al pueblo de Matatías para hacer que sus habitantes apostaten sacrificando al rey y comiendo carne de cerdo, Matatías se niega muy dignamente. Y, en ese momento, otro judío flaquea y se adelanta para apostatar.  Matatías «se indignó, tembló de cólera y en un arrebato de ira santa corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara. Y entonces mismo mató al funcionario real, que obligaba a sacrificar«. Todo ello, por supuesto, lleno de «celo por la ley«, y para mantener la alianza santa con Yahvhé, y para vivir «en derecho y en justicia«.

Cuando, en liturgia, el lector acabó la lectura, proclamó, como se hace siempre, «Palabra de Dios». Y, por lo que sabemos, los asesinos de París asesinaron al grito de «Al-lahu-àkbar», «Alá es el más grande». La diferencia es que, en el primer caso, yo he contestado «Te alabamos, Señor». Y en el caso de los atentados pensé que «vaya bestialidad».

Pues ahí es donde digo que algo chirría. Si me escandaliza que alguien mate en nombre de Alá, debería escandalizarme igual que alguien matase en nombre de Yahvhé. No comparo los dos casos, por supuesto. Uno es del siglo XXI y otro de hace más de dos mil años, uno ocurre en una Francia democrática y otro en una Judea ocupada por un extranjero dictador. Uno es un acto terrorista y otro es, aquí sí, algo muy relacionado con una guerra de religión.

Pero que no los compare no significa que no me haga pensar, y mucho, el que en la liturgia usemos con toda alegría textos y hechos del Antiguo Testamento que no deberíamos proclamar en una eucaristía memorial de quién gritó -hasta su propia sangre- que el amor es más fuerte que toda muerte, todo daño, todo dolor, y toda opresión. Y esto por mucha veneración y aprecio que queramos tener al Antiguo Testamento, y  por más que digamos lo del descubirmiento progresivo que de Dios fue haciendo Israel (que es cierto y muy importante, pero no hace que una burrada sea santificable).

Como comentaba antes, esto es sólo un caso de lo mucho que habría que reformar en nuestra forma de celebrar la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, el Señor. Pero lo dicho, que me ha chirriado, que me he intentado imaginar cóo escucharán hoy esta Palabra los cristianos que hayan celebrado la eucaristía en París. Y que el chirrido era demasiado grande. La sangre es sangre, se derrame en nombre de «mi» Dios o en nombre del Dios de «otros». Y esa sangre no la puedo admitir ni en nombre de «mi» Dios ni en el nombre de ningún Dios. Y menos puedo admitirla cuando celebro y hago memorial de toda sangre derramada en la Sangre de aquél que «me amó hasta entregarse por mí» (Gál 2,20) y por todos.

Porque toda sangre es la sangre de mi hermano, y Dios oye cómo esa sangre vertida le clama desde el suelo (ver Gén 4, 10).

@Mochilados

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Lo explico con detalle en esta entrada
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En el primer cumpleaños de Martín, el miembro más joven de nuestra pequeña iglesia doméstica.

365 días creciendo con cada asombro y asombrándonos para hacernos crecer con tu mirada de ojos muy abiertos.

365 días enlazando el corazón con los lazos de la sangre y de la Sangre, descubriendo palabras, atendiendo abrazos, regalando manos, recreando la familia de cuatro y la familia sin fin.

365 días esperados y queridos uno a uno, en las horas de desvelo y las horas de sonrisa, en las fuerzas que no llegan y en las que no se sabe de donde salen pero salen, en lo sueños de tu futuro y en los recuerdos de cada segundo que se va.

365 días que borraron las sombras de aquellos meses anteriores, renaciendo en cada primera vez del primer corte de pelo, el primer paso, la primera palabra tuya y la primera de todos, la primera papilla, el primer mar, el primer susto, la primera mirada a tus hermanos, el primer algo de cada primer día con el que aprendes que cada día es siempre el primero hasta que llegue ese Primero que será eterno.

365 días, en fin, que suman 1 año que de aquí nada será un año y un día, y otro, y otro, y todos los que sean y no acabarán porque nunca acabarán los juegos y las aventuras en Nunca Jamás mientras Peter se niegue a crecer, Wendi cuente los cuentos de las mamás, y todo niño perdido sea acogido en los brazos -y los Brazos- crucificados del amor que nada ni nadie puede matar.

365 días. Tus 365 días, Martín. Un año. Tu año. El año que nos has regalado para que sea nuestro. Feliz cumpleaños, Martín.