Somos de colores
Somos de colores.

Y ay de la intervención social que lo olvide.
Esa persona que acompañas,
no es «un caso», no es «un tal» o «una cual».
Esa persona es de colores,
y «su caso» hay que leerlo desde ella, con ella, para ella.

Lo mismo cuando se nos llena la boca explicando
cómo son «los jóvenes», o «las mujeres», o ta o cual colectivo.
Somos de colores. Y no sólo por la raza.

A fin de cuentas, «a imagen y semejanza suya los creó».
Y Él -más que nadie- es de colores.

@Mochilados

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Publicado el día en que Miriam, de nuestra pequeña iglesia doméstica, celebra su Confirmación en el Espíritu y ante la Asamblea del Pueblo de Dios.

Himnos al Espíritu SantoTodos sabemos que la Iglesia, para su celebrar a lo largo del año, usamos multitud de himnos, cantos, oraciones, etc. Textos que, evidentemente, aparecen o son olvidados según el gusto y la sensibilidad de cada época, o de cada lugar (rito latino, oriental, otros ritos…), o de, en fin, la importancia que el pueblo ha dado a ese texto en su vivir la oración y la celebración.

Por eso, son importantes aquellos textos que, a pesar de todo, se han mantenido a lo largo de los siglos, pues revelan que los cristianos han querido que esos textos no se perdieran. No son muchos. Y, curiosamente, entre ellos hay dos himnos al Espíritu Santo. En nuestra iglesia occidental, ambos son conocidos por su primer verso en latín: “Veni, Creator” y “Veni, Sancte Spiritus”.

Antes de copiar la traducción usual (hay otras) de ambos himnos, digamos algo sobre cada uno.

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Oración de Sabine Naegeli (cogida de la web de PastoralSJ)

Sabine Naegeli. Señor bendiceSeñor, bendice mis manos
para que sean delicadas y sepan tomar
sin jamás aprisionar,
que sepan dar sin calcular
y tengan la fuerza de bendecir y consolar.

Señor, bendice mis ojos
para que sepan ver la necesidad
y no olviden nunca lo que a nadie deslumbra;
que vean detrás de la superficie
para que los demás se sientan felices
por mi modo de mirarles.

Señor, bendice mis oídos
para que sepan oír tu voz
y perciban muy claramente
el grito de los afligidos;
que sepan quedarse sordos
al ruido inútil y la palabrería,
pero no a las voces que llaman
y piden que las oigan y comprendan
aunque turben mi comodidad.

Señor, bendice mi boca
para que dé testimonio de Ti
y no diga nada que hiera o destruya;
que sólo pronuncie palabras que alivian,
que nunca traicione confidencias y secretos,
que consiga despertar sonrisas.

Señor, bendice mi corazón
para que sea templo vivo de tu Espíritu
y sepa dar calor y refugio;
que sea generoso en perdonar y comprender
y aprenda a compartir dolor y alegría
con un gran amor.
Dios mío, que puedas disponer de mí
con todo lo que soy, con todo lo que tengo.

JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN
– Madrid, sábado 3 de septiembre de 2016 –

Véase abundante material escrito y gráfico de este importante evento en la entrada específica de la web de la Vicaría episcopal de Pastoral Social de Madrid (donde se integra la Comisión de Ecología Interal).

 

¿Nos hemos fijado alguna vez en las muchas veces que, en la liturgia de la Vigilia Pascual, se hace referencia al aquí y al ahora?:

  • En esta noche santa… (monición inicial).
  • Cristo ayer y hoy… suyo es el tiempo… (bendición del cirio)
  • éstas son las fiestas de Pascua… Ésta es la noche… [se dice hasta seis veces] … esta noche santa… En esta noche de gracia… (pregón)
  • También ahora, Señor, vemos brillar… (oración de la tercera lectura).
  • ¡Oh, Dios!, que iluminas esta noche santa… (oración colecta).
  • Mira ahora a tu Iglesia en oración… (bendición del agua).

Y eso atendiendo sólo a expresiones literales, porque si se amplía el campo, la celebración está llena de referencias al ahora. Ahora, aquí. Esta noche. Ésta, no otra, esta noche. Ésta es la noche de la Pascua. Esta.

Esta es la Noche de PascuaY esta noche será como sea. No sé si esta noche será para ti una noche en que estés bien o no lo estés, una noche en que la vida te esté yendo rodada o en que todo sea cuesta arriba, una noche en que tu vida vaya según la has planeado o soñado… o no. Pero ésta es la noche, éstas son las fiestas de Pascua. Esta noche.

Esta noche, esta noche de hoy, es LA noche. Esta noche que miles de refugiados viven en el olvido más inmisericorde de la poderosa Europa. Esta noche donde tantos y tantas buscan en la calle un lugar donde medio dormir. Esta noche donde el hambre es lo único que llena el estómago de buena parte de la humanidad, incluyendo a no pocas familias del Primer Mundo. Esta noche en la que hay varones dispuestos a degradar a mujeres pagándoles para que les den el sexo que siempre debería ser fruto del cariño. Esta noche que es continua en las minas de África que alimentan con sangre neustro Primer Mundo. Esta noche que ciega los ojos nublados por el alcohol de ese adolescente que piensa que ésa es la fiesta. Esta noche que sigue siendo noche de guerra en lugares que conocemos y lugares que hemos olvidado.  Esta noche, esta noche de tantas y tantas oscuridades en el mundo lejano y el cercano, esta noche, es la noche. Seguir leyendo

Viernes Santo de CrucificadosNo es fácil hablar de la muerte de Jesús, más si se es consciente de que, más que una muerte, fue una ejecución: Jesús no se murió, a Jesús le mataron.

Con todo, sigo reyendo que hay un escrito imprescindible para asomarse al abismo d  esa muerte, un escrito que centra perfectamente el, quizá olvidado por nosotros, auténtico sentido de eso que decimos de que Jesús ha «muerto y resucitado por nosotros».

Me refiero, claro, a un texto de Jon Sobrino que tiene ya muchos años, pero que sigue siendo ineludible para todo el que quiera entender qué significa afirmar la Muerte y la Vida del Señor. El artículo se titula «El Resucitado es el Crucificado», y se recogio en este blog hace ya unos años: pincha aquí para ir a él.

La esencia de la comprensión del Jueves Santo –y, en general, de toda la Buena Noticia del Reino– no está tanto en proclamar “el amor”, como en entender “qué amor” se está mostrando y se está ejerciendo en favor de tantos y en frente de tantos otros.

Como tantas veces, hay que volver a la Palabra para entender de qué estamos hablando cuando hablamos del amor en la Buena Noticia de Jesús. Y la Palabra del Jueves Santo es estremecedoramente coincidente en algo que, por la razón que sea, no pocas veces se pasa por alto.

“Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor” (1ª lectura).

“Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y…” (2ª lectura).

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…” (evangelio).

Amor del Jueves Santo 1Fuera como fuera aquella última cena de Jesús con sus discípulos (y, dicho sea de paso, más que probablemente también con sus discípulas), lo que es seguro es que, históricamente, Jesús la plantea en una realidad de fracaso total. No es, y permítaseme cierta ironía,  una cena triunfante, donde entre canticos e inciensos, Jesús hace un bello signo al lavar los pues a los demás mientras todos entonan emocionados el Ubi Caritas. No. Aquella cena se realiza cuando, hasta donde llega la vista humana, todo ha fracasado. Jesús es consciente, con una tremenda lucidez, de que todo estaba acabado, de que su horizonte inmediato era el “ser entregado” y “pasar de este mundo al Padre”. La muerte, y muerte de cruz, no era ya sólo una posibilidad, era una realidad que aparecía inmediata y patente. Y Jesús tiene que enfrentarse no ya sólo al brutal hecho físico de la tortura y la ejecución, sino al no menos brutal hecho de la victoria (¿aparente?) del mal, del poder, del daño… Los suyos le van a traicionar y abandonar, además de que prácticamente no han entendido casi nada de lo que ha intentado vivir con ellos durante esos años de itinerancia. Los dirigentes religiosos del pueblo se han encastillado en su falsa e idolátrica religiosidad, y buscan directamente su muerte. El pueblo sigue igual de voluble, y sigue buscándole más como el que da pan o puede ser el Mesías triunfante que llega a Jerusalén que como el que está “en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Y, en fin, pareciera que todo su grito y su hacer de que el reinar de Dios es posible porque ese Dios se ha empeñado en nuestra historia con el amor de un Abba, de modo que los más pequeños son sentados a la cabecera de la mesa de la felicidad (ver las bienaventuranzas: Mt 5, 1-12 y Lc 6, 20-23) porque ese amor entrañable de Dios se pone de su lado y se enfrenta a los poderosos y a los ricos (ver el canto de María: Lc 1, 51-53), parece que ha caído en el vacío. No es extraño que, poco después de esta cena, Jesús grite a Dios que por qué le ha abandonado (ver Mt 27, 46).

Y en ese fracaso, en ese ver todo hundido, en ese entender que ya se acabó el itinerar y el predicar y el hacer las obras del Reino, en ese ver levantarse toda la fuerza del mal, el daño y la muerte (“esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas”, Lc 22, 53), justo en ese momento… una Cena. Lo que llamamos la Última Cena, con la inmensa profundidad del lavatorio de los pies y el gesto y las palabras del pan partido y la copa compartida, Jesús podía haberla hecho en cualquier otro momento. Podía haberla hecho en el monte de las bienaventuranzas, o tras resucitar a Lázaro, o cuando sus discípulos volvieron de la misión, o cuando fuera. Pero no. Jesús desea ardientemente esa Cena con los suyos (ver LC 22, 15) justo ahí, justo en el fracaso, justo cuando ya no cabe decir ni hacer nada, justo cuando hasta el mismísimo Dios parece haber sido vencido por todos los antidios de este mundo (que, por ser antidios, son antihombre), justo en ese momento Jesús sienta a los suyos a una Cena.

Y no una Cena cualquiera. Una Cena Pascual. Una Cena en la que, frente a todo Faraón esclavizador (de uno mismo o de tantos y tantos prójimos), se proclama que Dios va a hacer justicia de todos los dioses de Egipto. Una Cena en la que el amor no se viste de rosa, sino del rojo de la sangre de la liberación. Una Cena en la que, mientras la más profunda oscuridad de la noche rodea al pueblo, los oprimidos y dominados por los poderes de este mundo, son liberados por pura misericordia, e invitados a ponerse en camino de prisa porque la marcha hacia la Nueva Tierra ha empezado ya.

El Jueves Santo hay que hablar del amor sólo en la medida en que enmarcamos ese amor en el mismo marco en el que lo puso Jesús: el amor de un Dios que hace frente al Faraón, a todos los faraones, a todos los que pretenden acallar que Dios es Dios siéndolo de los que no cuentan. Y que ese apostar de Abba por aquellos por los que ha descartado el mundo, no es algo que quizá tenga éxito, sino que es ya definitivo y radical, porque ese amor “a favor” de éstos y “en contra” de aquéllos se realiza precisamente cuando, aparentemente, ya no cabe esperanza, se realiza pura y simplemente porque “Yo soy el Señor” (1ª lectura).

Esa es la Cena del Jueves Santo. Y o lo entendemos y vivimos así, o convertimos el amor de Jesús en algo desvaído y desencarnado. El amor del Jueves Santo es el amor de la Cena Pascua, de la liberación de todos los Egiptos, de la puesta en marcha liberadora del pueblo esclavizado. Y eso se realiza, en Jesús, no ya matando a los primogénitos, sino entrando al misterio de la muerte en el lavar los pies y en el entregar la propia vida.

En el momento en que Jesús se quita el manto y se pone a los pies de los suyos, lo que está ocurriendo no es sólo eso que solemos decir de que si un acto de humildad, un acto de abajarse, y tal y cual (como si, en el fondo, todo fuera una escenificación más o menos moralizante). Lo dice claramente Juan: es extremar el amor, es llevar el amor a donde aparentemente ni puede llegar, es amar donde lo lógico sería escapar, renunciar, mandar todo a paseo. Cuando todo fracasa y el Sanedrín, Pilatos, y el Mundo alzan su poder mortífero, Jesús responde con la única “arma” que puede dar esperanza a los que no tienen ninguna arma: el amor extremado. Un amor extremado que no es un acomodarse y aguantar el latigazo en espera de días mejores, sino un auténtico ponerse en pie frente a todo opresor haciéndole frente con lo único que él no puede afrontar: el Dios que es “el Maestro y el Señor” (ver el evangelio) precisamente poniéndose a los pies de los últimos de forma definitiva e irrevocable. El amor fraterno, leído en la Cena de Pascua y hecho vida a los pies de los excluidos, es el amor que nada ni nadie puede vencer, el amor del que nada ni nadie –ni siquiera el fracaso total de esa noche– puede separar al ser humano que es agarrado por él (ver el himno de Rm 8, 31-38).

Si hubiera que hacer frente a los faraones de este mundo desde un amor que calmara tormentas o repartiera cinco panes entre una multitud inmensa, no habría esperanza para los que no somos capaces de eso ni nada parecido. Pero si el amor que se atreve a proclamar ante Pilatos que él es rey (ver Jn 18, 37) es un amor cuya fuerza es partirse a sí mismo para repartirse y vaciarse a sí mismo en favor de todos, entonces el triunfo de ese amor es posible, porque ningún Pilatos puede impedir eso a nadie, ni siquiera a los últimos de este mundo. El Pan y el Vino que Jesús comparte con los suyos, es, como antes, compartido en la Cena Pascual. No son un mero signo de que “hay que compartir”, “hay que darse”, “hay que…”. Son la presencia siempre viva de qué y quién es Dios, de qué y quién es el Liberador, de qué y quién es el que encabeza el Nuevo Éxodo. La propia vida, entregada, se convierte en el ángel que atraviesa la historia liberando a los marcados con esa sangre de todos los que hacen sangrar a otros. Partir para repartir y vaciarse para darse, son el signo de qué es el amor de Dios, de cómo nos ama el primero ese Dios que, desde su amor, nos invita a amarnos como él nos ama, para que ese amor proclame la victoria de la muerte del Señor hasta que él vuelva (ver la 2ª lectura).

Por eso la eucaristía es, o debería ser, subversiva. Un Jueves Santo donde el amor quede reducido a un sentimentalismo más o menos vivido, es un Jueves Santo alejado de lo que fue y, porque fue, es y seguirá siendo. El amor de la Cena Pascual es el amor que se enfrenta a todo opresor convirtiendo ese amor en pura entrega y vaciamiento, pero entrega y vaciamiento liberador, consciente, subversivo. El Jueves Santo es el día del amor, pero de un determinado amor que es, en definitiva, el amor de Dios, el amor que es Dios (ver 1ºJn 4, 8) y tal y como es Dios.

Si no celebramos así, celebramos a un ídolo, no al Dios de Jesús, no a Jesús el Señor. Y por eso, una vez más, nos agarramos a la palabra de Casaldáliga:

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

Amor del Jueves Santo 2

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He dicho más de una vez que el Domingo de Ramos no es una de mis celebraciones preferidas. Pero, en realidad, lo que no termina de convencerme es cómo lo hemos desvirtuado.

Litúrgicamente, cierta responsabilidad de ese desvirtuar, que ahora explicaré, se debe a que proclamemos la Pasión. Es cierto que tal cosa proviene de la espléndida intención del Vaticano II de que la Palabra volviera a ser escuchada y asumida por el pueblo. Y, dado que el Viernes Santo siempre se lee la Pasión de Juan, el domingo de Ramos parecía buen momento para proclamar las pasiones según los sinópticos.

El problema es que, tal y como desarrollamos la celebración, parece que todo se centra en la Pasión, y queda postergado el evangelio y mensaje central de este día: la entrada en Jerusalén.

Pero el caso es que es ahí, en esa entrada, donde encuentra sentido el domingo de Ramos en cuanto pórtico de la Pascua.

Y es que la llegada de Jesús a Jerusalén no es casual. Jesús sube a la ciudad, a la capital, conscientemente y sabiendo lo que se juega. Y, de hecho, sus discípulos le advierten que en Jerusalén le buscan para matarle.. Pero tal es la decisión de Jesús que lo único que les queda es seguirle a la desesperada: «subamos y muramos con el» (Jn 11, 16).

Dicho de otro modo: Jesús podía haber evitado ir a Jerusalén. Podía haber seguido su itinerancia por Galilea, por Judea, por Samaría… Y muy probablemente no habría tenido especiales problemas. El poder se concentraba en la capital, pero en el pequeño mundo rural era difícil que ese poder llegara a concretarse en un apresamiento y un final violento (recuérdese que, incluso en Jerusalén, a Jesús tienen que salir a prenderle de noche y a escondidas, para evitar la rebelión de las multitudes).Recuperando domingo de Ramos

Pero Jesús quiere subir a Jerusalén. Quiere a ir al centro del poder, al lugar donde está el corazón del poder político y militar (Roma, la única que puede condenar a muerte) y del poder politico-religioso de su pueblo (el Sanedrín y sus distintas facciones religiosas: fariseos, saduceos, etc.). Jesús quiere ir «a la ciudad», al espacio de donde se supone que tiene que nacer la verdadera religión del Pueblo de la Alianza -el lugar del Templo- y el espacio donde hay que demostrar que la Buena Noticia de amor del Reino del Abba llega a todo y a todos, también a esa «ciudad», a ese cimiento y condensación del poder.

Desde ahí, claro que tiene sentido el Domingo de Ramos. Tiene sentido si no se le reduce a un puro espiritualismo de «Jesús viene a sufrir por nosotros». Tiene sentido si no se le despoja de lo que tiene de profundo enfrentamiento a todo poder, a toda forma de opresión civil o religiosa, a todo lo que pretenda acallar la voz de los que no tienen voz justo allí, en el corazón de la ciudad («si éstos callaran, gritarían las piedras», Lc 19, 40). La entrada de Jesús en Jerusalén -denostado por el poder y aclamado por el pueblo, por más que ni uno ni otros entiendan bien el sentido de esa entrada, que Jesús va a hacer mesiánica (liberadora) lavando los pies y partiéndose y repartiéndose- tiene un profundo carácter subversivo, es un fuerte grito de rebelión frete a las fuerzas de este mundo, frente a todo Pilatos, todo Sanedrín, toda manipulación de Dios en contra del ser humano.

Si se le quita al domingo de Ramos ese carácter se le desvirtúa por entero, del mismo modo que si se olvida que el Jueves Santo es la Cena de la Pascua que libera de Faraón o que el Viernes es el triunfo de la nueva forma de realeza frente a todo rey de este mundo. El domingo de Ramos abre la Pascua sacándonos a la calle, y proclamando allí, ante todo poder, que el verdadero Mesías, al que gritamos «Hossanna al Hijo de David» quiere entrar en la ciudad. Sabemos cómo va a ser Mesías y Rey, y así lo celebraremos en los días de Pascua. Sabemos que no va a alzar la espada contra los poderosos. Pero proclamamos, agitando nuestros ramos, que el poder de este que entra en la ciudad pone fin a todo poder que no sea el suyo.

A mí siempre me ha intrigado pensar lo que le dirían sus paisanos a los Magos cuando dijeron que se iban a seguir una Estrella.

Reyes Magos tras la estrella«¿Pero a quién se le ocurre, estáis locos o qué?… Pero si ya tenéis la vida hecha, y tenéis una seguridad… Pero si no hace falta irse a ningún lado para buscar sueños, podéis buscarlos aquí… ¿Y si os equivocáis, y si todo es un engaño, y si esa Estrella no lleva a ninguna parte?… ¿No será mejor tener los pies en la tierra?… Aquí tenéis amigos, tenéis gente que os quiere y que queréis, tenéis una seguridad económica, ¿y vais a dejar todo eso por una aventura que no sabéis a dónde lleva?… ¿Y de qué vais a vivir, porque ya se sabe que «primum vivere, deinde filosofare«, useasé, primero vivir y luego filosofar…?».

Y ellos no sabían contestar a esa pregunta. Sólo sabían que la Estrella estaba ahí. Y que la locura de seguirla era lo que tenían que hacer si de verdad querían seguir mirándose al espejo (cobre bruñido) cada mañana y poder decirse: «Mereces la pena».

No hace ni una semana que la barbarie y la sinrazón terrorista golpearon nuevamente en París. Y, por otro lado, aparentemente inconexo, la eucaristía de hoy narra en la primera lectura un episodio del segundo libro de los Macabeos (2, 15-29), que, de algún modo, refleja el hecho histórico de la revuelta macabea . Y, lo siento, pero a mi hay cosas que me chirrían, y mucho.

Soy de los que piensan que la liturgia católica necesita, y necesita ya, una reforma. Una reforma que no sea un mero lavado de cara, sino que atienda a lo profundo, y que con densidad y seriedad renueve gestos, simbologías, palabras y textos. Y también, el uso que hacemos en la liturgia del Antiguo Testamento. Y de esto último tendría un día que escribir despacio. Pero hoy no puede ser, así que me limito a este caso de Matatías que proclamamos hoy en la eucaristía.

Atentados París y Macabeo MatatíasSegún el texto, cuando los funcionarios del rey invasor llegan al pueblo de Matatías para hacer que sus habitantes apostaten sacrificando al rey y comiendo carne de cerdo, Matatías se niega muy dignamente. Y, en ese momento, otro judío flaquea y se adelanta para apostatar.  Matatías «se indignó, tembló de cólera y en un arrebato de ira santa corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara. Y entonces mismo mató al funcionario real, que obligaba a sacrificar«. Todo ello, por supuesto, lleno de «celo por la ley«, y para mantener la alianza santa con Yahvhé, y para vivir «en derecho y en justicia«.

Cuando, en liturgia, el lector acabó la lectura, proclamó, como se hace siempre, «Palabra de Dios». Y, por lo que sabemos, los asesinos de París asesinaron al grito de «Al-lahu-àkbar», «Alá es el más grande». La diferencia es que, en el primer caso, yo he contestado «Te alabamos, Señor». Y en el caso de los atentados pensé que «vaya bestialidad».

Pues ahí es donde digo que algo chirría. Si me escandaliza que alguien mate en nombre de Alá, debería escandalizarme igual que alguien matase en nombre de Yahvhé. No comparo los dos casos, por supuesto. Uno es del siglo XXI y otro de hace más de dos mil años, uno ocurre en una Francia democrática y otro en una Judea ocupada por un extranjero dictador. Uno es un acto terrorista y otro es, aquí sí, algo muy relacionado con una guerra de religión.

Pero que no los compare no significa que no me haga pensar, y mucho, el que en la liturgia usemos con toda alegría textos y hechos del Antiguo Testamento que no deberíamos proclamar en una eucaristía memorial de quién gritó -hasta su propia sangre- que el amor es más fuerte que toda muerte, todo daño, todo dolor, y toda opresión. Y esto por mucha veneración y aprecio que queramos tener al Antiguo Testamento, y  por más que digamos lo del descubirmiento progresivo que de Dios fue haciendo Israel (que es cierto y muy importante, pero no hace que una burrada sea santificable).

Como comentaba antes, esto es sólo un caso de lo mucho que habría que reformar en nuestra forma de celebrar la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, el Señor. Pero lo dicho, que me ha chirriado, que me he intentado imaginar cóo escucharán hoy esta Palabra los cristianos que hayan celebrado la eucaristía en París. Y que el chirrido era demasiado grande. La sangre es sangre, se derrame en nombre de «mi» Dios o en nombre del Dios de «otros». Y esa sangre no la puedo admitir ni en nombre de «mi» Dios ni en el nombre de ningún Dios. Y menos puedo admitirla cuando celebro y hago memorial de toda sangre derramada en la Sangre de aquél que «me amó hasta entregarse por mí» (Gál 2,20) y por todos.

Porque toda sangre es la sangre de mi hermano, y Dios oye cómo esa sangre vertida le clama desde el suelo (ver Gén 4, 10).

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Recupero algo que escribí el pasado agosto. Estaba invitado a una profesión religiosa a la que, por razones varias, no podía acudir. Pero no quise que pasara el evento sin escribir a la interesada -y amiga- estas líneas. Aunque ya hace meses del tema, he recorsado este escrito hoy, que se celebra a Santa María Eugenia Milleret, fundadora de las religiosas donde se realizaba esta profesión.

Hola, Camino.

Como te decía en el whatsapp, siento no estar el 28 celebrando tu profesión por las razones que te explicaba.

Lo que sí es seguro es que ese día estaré ahí, aunque no físicamente. Como bien sabemos, el amor que nos une y por el que por ti, por mí, y por todos, se llegó a la sangre, es más fuerte que cualquier distancia. Y en ese amor, o mejor con mayúscula, Amor, en el que nos une no por amarnos nosotros, sino porque él nos amo primero, puedes contar de sobra con que te acompañaré en la Mesa grande de tu profesión.

Profesión religiosaNo voy a empezar a darte la vara con lo que habrás oído y meditado cien veces: lo de que es un paso importantísimo en tu vida, lo de que vas a comprometerte por entero, y todo eso de la entrega radical, el seguir más de cerca, el unirse más íntimamente al Señor, etc. Ojo, no voy a decir nada de eso no porque no sea cierto o esté en desacuerdo (habría mucho que hablar, y no es el momento), sino porque, ademas de que no me corresponde a mí el decirle a la vida religiosa qué es (para eso ya está, principalmente aunque no solo, ella misma), pienso que todos esos debatibles asuntos no son lo más importante del próximo día 28.

Y es que naturalmente que tiene importancia la decisión que vas a expresar, y naturalmente que en tu vida va a ser un momento crucial. Pero lo más importante no son tus votos, sino los votos que Dios hace contigo: los votos que hizo contigo y a tu favor desde el principio de los tiempos, los mismos votos que nada ni nadie impedirá que los siga haciendo por ti por los siglos eternos.

Y aunque es claro que sabes esto más que de sobra, conviene no olvidarlo. Tú vas a ser la «protagonista» de ese día, con todas las miradas y los afectos puestos en ti. Pero es bueno no despistarse y recordar que el protagonista auténtico es otro, es él, es aquél que empezó en ti la obra buena. Él es el auténtico protagonista porque mucho antes de que tú pensaras ni remotamente en ser religiosa en la comunidad de la Asunción, él ya te había llamado por tu nombre. Cuando pronuncies tus votos, él ya habrá vuelto a decir los suyos: te amo, te amo no por ti sino porque quiero amarte, me comprometo contigo en alianza sellada con la sangre del Cordero, hago votos de que tú y las tuyas y los tuyos seáis mi pueblo y yo vuestro Dios. Por ti -por ti, Camino-, hago voto de pobreza ofreciéndote el despojarme de mi rango para tomar tu condición, tu carne y tus sueños, tus pasos y tu misma debilidad. Por ti hago voto de virginidad, consagrándome a ti con un corazón indiviso en el que nada ni nadie podrá separarte de mi amor, manifestado en el Ungido Jesús. Por ti, Camino, hago voto de obediencia, y someto mi reinar en el mundo a tus manos: lo que desates para que sea liberado a favor de ese Reino, desatado quedará; lo que no desates ni liberes, yo no lo haré, porque yo me pongo a tus pies en fidelidad a ti.

En el fondo, Camino, se trata de no olvidar -aunque en nuestra familia eclesial haya quien lo olvide- que el centro del famoso texto del Apocalipsis no es la nueva Jerusalén, engalanada como una novia y descendiendo del cielo para ser morada de Dios con los hombres, sino que el centro de esa Palabra es él, el que sentado en el trono habla con voz potente y re-vela y des-vela quién es ella, y re-vela y des-vela quién es la novia del próximo día 28 para pronunciar -pronunciar él, no tú- su palabra de consuelo, su palabra de ser el que acampa contigo y el que enjugará las lágrimas de todos los rostros, su palabra, en fin, de hacer -contigo, pero hacerlo él- el universo nuevo.

Que sea un gran día, Camino y gracias. Gracias por desarrollar lo más importante que ha pasado en tu vida (no, no es el ser religiosa, es tu bautismo). Gracias por reafirmar que sigues tras las huellas del que siempre va por delante, sumando tus pisadas a las de tantas y tantos -religiosas, laicos, con uno u otro carisma, con tal o cual ministerio, alegres y tristes, sabios e ignorantes, santos y pecadores…- que también van dejando sus huellas en el largo éxodo hacia la Tierra Nueva que encabezan esos y esas que viven en sombras de muerte y a los que que el Abba ha hecho los preferidos de sus entrañas de misericordia. Gracias por tus votos, Camino.

Un enorme abrazo y que Dios te bendiga.

Este himno, inspirado en 1ªCor 13, está grabado en un placa de piedra situada en el baptisterio de la iglesia prerrománica de Santa María la Real de O Cebreiro, en el puerto de montaña de Pedrafita do Cebreiro (Lugo), en pleno Camino de Santiago. Se atribuye a un franciscano, Fraydino o Fray Dino, que vivió en La Faba, a pocos kilómetros de O Cebreiro.

Himno peregrinando. Piedrafita do Cebreiro

Aunque hubiera recorrido todos los caminos,
cruzado montañas y valles
desde Oriente hasta Occidente,
si no he descubierto la libertad de ser yo mismo
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera compartido todos mis bienes
con gentes de otra lengua y cultura,
hecho amistad con peregrinos de mil senderos
o compartido albergue con santos y príncipes,
si no soy capaz de perdonar mañana a mi vecino
no he llegado a ningún sitio

Aunque hubiera cargado mi mochila de principio a fin
y esperado por cada peregrino necesitado de ánimo,
o cedido mi cama a quien llegó después,
y regalado mi botellín de agua a cambio de nada,
si de regreso a mi casa y mi trabajo no soy capaz
de crear fraternidad y poner alegría, paz y unidad,
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera tenido comida y agua cada día
y disfrutado de techo y ducha todas las noches,
o hubiera sido bien atendido de mis heridas,
si no he descubierto en todo ello el amor de Dios,
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera visto todos los monumentos
y contemplado las mejores puestas de sol;
aunque hubiera aprendido un saludo en cada idioma,
o probado el agua limpia de todas las fuentes,
si no he descubierto quién es autor
de tanta belleza gratuita y de tanta paz
no he llegado a ningún sitio.

Si a partir de hoy no sigo caminando en tus caminos,
buscando y viviendo según lo aprendido;
si a partir de hoy no veo en cada persona,
amigo y enemigo, un compañero de camino;
Si a partir de hoy no reconozco a Dios,
el Dios de Jesús de Nazaret,
como el único Dios de mi vida,
no he llegado a ningún sitio.

© José Luis CORTÉS, Un Señor como Dios Manda (Madrid 2002, PPC), págs. 55-57.

Querida mamá:

Cuando te despiertes yo ya me habré ido. He querido ahorrarte despedidas. Ya has sufrido bastante y lo que sufrirás, María.

Ahora es de noche, mientras te escribo. El gato me mira como diciendo: “¿Es que no va a poder uno dormir en esta casa nunca?”.

Quiero decirte por qué me voy, por qué te dejo, por qué no me quedo en el taller haciendo marcos para las puertas y enderezando sillas el resto de mi vida.

Durante treinta años he observado a la gente de nuestro pueblo Seguir leyendo

Mensaje de Francisco para la celebración de la XLVIII Jornada Mundial de la Paz: 1 de enero de 2014. Fuente: web de la Santa Sede.

No esclavos. 48 Jornada Mundial de la Paz1) Al comienzo de un nuevo año, que recibimos como una gracia y un don de Dios a la humanidad, deseo dirigir a cada hombre y mujer, así como a los pueblos y naciones del mundo, a los jefes de Estado y de Gobierno, y a los líderes de las diferentes religiones, mis mejores deseos de paz, que acompaño con mis oraciones por el fin de las guerras, los conflictos y los muchos de sufrimientos causados por el hombre o por antiguas y nuevas epidemias, así como por los devastadores efectos de los desastres naturales. Rezo de modo especial para que, respondiendo a Seguir leyendo

El 22 de diciembre de este año, Francisco tuvo el encuentro anual con la Curia Romana para felicitarles la Navidad. Copio aqui íntegro su discurso (tomado de esta entrada de Radio Vaticana en español, pues en muchos sitios sólo aparece la parte final, la de las «enfermedades». Ciertamente es la más llamativa, pero todo está mejor si está completo.

“Tú estás sobre los querubines, tu que has cambiado la miserable condición del mundo cuando te has hecho como nosotros” (San Atanasio).

Queridos hermanos:

Curia RomanaAl término del Adviento nos encontramos para los tradicionales saludos. En pocos días tendremos la alegría de celebrar la Navidad del Señor; el evento de Dios que se hace hombre para salvar a los hombres; la manifestación del amor de Dios que no se limita a darnos alguna cosa o a enviarnos algún mensaje o ciertos mensajeros, sino que se nos da a sí mismo; el misterio de Dios que lleva sobre sí mismo nuestra condición humana y nuestros pecados para revelarnos su Vida divina, su gracia inmensa y su perdón gratuito. Es la cita con Dios que nace en la pobreza de la gruta de Belén para enseñarnos el poder de la humildad. De hecho, la Navidad es también la fiesta de la luz que no viene acogida de la gente ‘elegida’ sino de la gente pobre y simple que esperaba la salvación del Señor. Seguir leyendo

Amanecer de NavidadAgranda la puerta, padre,
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños,
yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame, po piedad;
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar.

(Miguel de Unamuno[1])

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[1] Por lo que suele decirse en la red, estos versos se encontraron a la muerte de Unamuno entre sus papeles. Hay versiones que lo de «padre» lo escriben «Padre» (¿lo hizo así Unamuno o es una conversión hecha por otros para darle mayor se ntido religioso?) y que «bendita» lo convierten en «aquella». Con todo, lo que sí conviene anotar Seguir leyendo

Con motivo del Día Internacional de la Solidaridad Humana, que se celebra hoy, las organizaciones que integran la iniciativa «Enlázate por la Justicia» -Cáritas, CONFER, Justicia y Paz, Manos Unidas y REDES- han redactado un mensaje que será difundido en las parroquias y comunidades cristianas del país durante el cuarto domingo de Adviento.

Enlázate por la Justicia. Día Solidaridad Humana
En este tiempo litúrgico del Adviento y con motivo de la celebración, el 20 de diciembre, del Día Internacional de la Solidaridad Humana, queremos compartir con las comunidades cristianas y con toda la sociedad el deseo de “anunciar la buena noticia a los que sufren, proclamar la liberación a los cautivos y a los prisioneros la libertad, y proclamar el año de gracia del Señor” (Isaías, 61, I-2ª, 10-11).

Las organizaciones que desde 2013 sumamos nuestros esfuerzos en el marco de la iniciativa Enlázate por la Justicia (Cáritas, Confer, Justicia y Paz, Manos Unidas y REDES) para dar cuenta y razón de nuestra visión fraterna de la cooperación al desarrollo desde un Cristo comprometido con los pobres, y movilizar a todos en la defensa de la justicia global, los derechos humanos y la dignidad de las personas más vulnerables, dirigimos nuestra mirada sobre la escandalosa realidad de desigualdad y pobreza que sigue Seguir leyendo