Educación. ¿En qué? ¿Pa’qué? ¿Pa’quién?

La buena gente de la JOC (Juventud Obrera Cristiana) ha lanzado su Campaña 2012-2013 con un más que sugerente tema: «Educación. ¿En qué? ¿Pa’qué? ¿Pa’quién?«.

Y merece muy mucho la pena la canción y el vídeo de la campaña, obra de Pedro Pastor Guerra, con la grabación y producción de Ciudadano Kamikaze.

Naces y tu primera asignación es estudiar, en sus escuelas
Creces, y sin mostrar resignación te encauzas en su vereda.
Vacía de sensaciones, sin tiempo para canciones
Rebaño inocente entrando en la boca del lobo.

El futuro asegurado, prometían.
Esta es la única vía,
y murió con dos carreras y sin comida.
Un futuro sin trabajo, la generación perdida
¿Dónde queda, donde queda, la enseñanza obligatoria y gratuita?

Un futuro sin presente,
un presente que te priva,
que te excluye, que te aparta, que te aleja,
que te olvida.

LEVÁNTATE, QUE NO TE ENGAÑEN
EL FUTURO ESTÁ EN NUESTRAS MANOS
AÚN TENEMOS SIETE VIDAS POR DELANTE
QUE NO TE ENGAÑEN, QUE NO TE ENGAÑEN.

LEVÁNTATE, SAL A LA CALLE
EL FUTURO ESTÁ EN NUESTRAS MANOS
AÚN NOS QUEDAN SIETE VIDAS POR DELANTE
QUE NO TE ENGAÑEN HERMANO.

Alisaron el terreno desde arriba,
Y dejaron el sistema en carne viva,
Ajustaron más las tuercas, sus medidas,
Nos llevan a una calle sin salida.

No queremos más recortes en la pública,
Ni Educación que mercantiliza
al obrero, al «parao», al inmigrante,
al que más la necesita.

LEVÁNTATE, QUE NO TE ENGAÑEN
EL FUTURO ESTÁ EN NUESTRAS MANOS
AÚN TENEMOS 7 VIDAS POR DELANTE
QUE NO TE ENGAÑEN, QUE NO TE ENGAÑEN.

ORGANÍZATE Y ÉCHALE UN CABLE
AL QUE VEAS QUE AÚN SIN NADA
TIENE GANAS DE REIVINDICARSE
ABRE LOS OJOS, QUE NO TE ENGAÑEN (BIS).

EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN? (BIS)
– sin distinciones sexuales, sin distinciones raciales.
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?
– que somos personas, no animales.
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?
– nativa y extranjera, la misma clase obrera.
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?
– para todo el que la quiera.
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?
– da igual de que clase provenga
(sinWert-güenza, sinWert-güenza).
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?
– que ésta no hay quien la comprenda.
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?
– por, y para el pueblo.
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?
– pública, y de calidad, por favor.
EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? PA’ QUIÉN?

EDUACACIÓN: EN QUÉ? PA’ QUÉ? Y PA’ QUIÉN? (BIS)
– para TODOS.

La habitación del hijo

La habitación del hijo

© Arturo Pérez Reverte
Publicado originalmente en el nº 1138 del suplemento «XL Semanal», de 16-22 de agosto de 2009. Posteriormente en Arturo PÉREZ REVERTE, Cuando éramos honrados mercenarios. Artículos 2005-2009 (Madrid 2009), págs. 602-604.

Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros –ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería–, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras.

Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos.

Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria.

Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas».

Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas –a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño–: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir».

Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena.

Un lugar en la Iglesia

El 22 de noviembre de este año me escribió un correo-e una joven (debe rondar los 20 años) a la que conocí hace no mucho en un encuentro eclesial y con quien compartí buenos momentos. Planteaba una cuestión que me parece absolutamente candente en nuestras comunidades creyentes. Creo interesante copiar aquí parte de ese correo (desde luego, quitando toda referencia personal que pudiera identicar a su autora, cuyo nombre, además, me invento) y, más abajo, mi respuesta. Parte del correo-e que me mandó decía así:

Como ya te comenté en algún correo, hemos empezado un grupito nuevo de … Además, hemos conseguido un sitio genial para reunirnos y un animador que, al menos, tiene bastante experiencia en grupos de jóvenes.

Personalmente, yo llevo estos últimos tres años sin un grupo fijo y cercano que me aporte lo que yo siempre he tenido en un grupo (desde pequeñita, hasta después de la confirmación, he tenido el mismo grupo). Apoyo, posibilidad de compartir, escucha, interpelación, interpelación, y más interpelación, que cómo nos gusta a los de […]  esta palabreja!! Y este año, con este grupo, yo estoy muy contenta, la cosa va bien, vamos haciendo cositas, haciendo grupo… Pero hay un «nivel» de compartir cosas, de hablar de lo profundo, de lo personal, de lo que nos preocupa… que deja bastante que desear. No sé si me estás siguiendo. No sé si es que yo soy muy exigente, o si es que ellos pasan mucho del tema (ya sabes, la uni, primer año, la fiesta, las tias… buf!). Pero la consecuencia es que yo no puedo compartir todo lo que necesito en ese grupo. Porque no hay una actitud de compartir las cosas que realmente nos preocupan, y eso se nota. Se nota en que hablamos de «tonterías», que está bien hablar de vez en cuando, pero no todo el rato. Y se nota en que cuando «entramos en harina», las palabras son pocas, con escaso contenido, y cualquier tema es bueno para hacer la gracia y cortar el poco clima que había.

Con todo esto no quiero decir que esté mal en el grupo, ni que vaya mal… De hecho va mucho mejor de lo que yo esperaba: tenemos reunión todas las semanas, más o menos se traen leídas las cositas de casa, y hay muy buen rollo entre nosotros (cosa que tampoco es dificil, jaja); pero me falta algo. Me falta esa interpelación que todos necesitamos, me falta la confianza y la comodidad de poder decir: «pues a mí lo que me mueve a hacer esto o lo otro es la alegría que me da hacer felices a los demás» y que no me miren con cara de… pero qué diceeeees?????

Y así le respondí por correo:

Es llamativo (por no decir triste) la cantidad de personas que he conocido que, con unas palabras u otras, dicen lo mismo que tú: «me falta un grupo que…», «no termino de encontrar un grupo que…»., «estoy bien donde estoy, pero echo en falta un grupo que…». Tú lo expresas perfectamente: «Personalmente, yo llevo estos últimos tres años sin un grupo fijo y cercano que me aporte lo que yo siempre he tenido en un grupo. Apoyo, posibilidad de compartir, escucha, interpelación, interpelación, y más interpelación…».

Repito que, según leía tu escrito, se me llenaba la memoria de nombres y nombres con esa misma necesidad y esa misma búsqueda. Es como si desde hace una o dos décadas, en nuestra Iglesia -no sé si esto se da también en las Iglesias de otros países y continentes, aunque me huele que no o, en todo caso, si se da es de modo distinto- surgiera una especie de movimiento nuevo de los que buscan «Un lugar en la Iglesia«.

Lugar que, al igual que en esa joya del cine que es «Un lugar en el mundo», no se quiere -al menos en el caso tuyo y de aquellos de quienes hablo- que sea grande y espectacular y poderoso y yo qué sé qué más. No. Lo que se busca es que sea sincero, hondo, denso, capaz de acoger-interpelar-relanzar lo que uno vive en cuanto persona y en cuanto creyente en las capas hondas de la vida.

Y es relevante que esto le ocurre a cristianos de todo tipo. No es una cuestión sólo de jóvenes, o sólo de «muy comprometidos» (cada vez me gusta menos eso de «comprometidos», pero esa reflexión para otro día), o de gente de movimientos o parroquias… Es algo que ocurre a gente de todos los ámbitos sociales y personales. Ciertamente, he de reconocer que no me atrevería a decir que es algo mayoritario, pues me parece que lo mayoritario es o bien estar más o menos a gusto con lo que mejor o peor ofrece la parroquia o la comunidad que sea, o bien andar un cierto tiempo en búsqueda inquieta y terminar, lamentablemente, dejando de buscar y recordando lo bueno que «fue» aquello pero que hoy en día ya no es.

Y también es relevante, por supuesto, que buena parte de esa gente -quizá la inmensa mayoría- que siente lo mismo que sientes tú, Alba, no sois «cristianos de misa y punto», sino gente que intenta tomarse en serio la Buena Noticia del Reino, gente fascinada profundamente por el Señor Jesús, gente que siente tan grande y bueno lo que vive y sueña que necesita como el comer el poder ponerlo en una mesa junto a otros y otras para compartirlo, partirlo, y repartirlo como si fuera un pan hecho entre todos, una copa llena con el mosto maduro de la vida de cada quien.

No tengo respuesta para esa inquietud tuya, Alba. Es más, me sería más o menos fácil decirte que adelante, que sigas buscando, que no cejes en ese empeño porque tarde o temprano lo conseguirás… Pero de toda esa frase hay una parte que te diría sinceramente y otra de la que no esto y tan seguro. Soy sincero al decirte lo de que adelante y sigas. Pero lo que no puedo afirmar con seguridad sin mentirte es lo de que «tarde o temprano lo conseguirás». La verdad es que eso no lo sé. Porque de todos esos nombres que te decía arriba que me venían a la memoria, no puedo decir que la mayoría lo encontraran. Algunos sí, desde luego. Pero no todos: no pocos aun siguen buscando -y, mientras tanto, siendo fieles a lo que tienen, aunque no les llene del todo-, otros terminaron dejando de buscar, y a otros les va en temporadas, porque no es fácil mantener constante la búsqueda, ni ésta ni ninguna: la fidelidad es el gran reto del cristiano, porque lo es del ser humano. Y menos cuando, como en estos tiempos eclesiales que nos han tocado, con frecuencia hay más otoño que primavera, y más piedras para tropezar que buenos sillares que permitan construir (aunque sea arriesgadamente).

La Comunidad Cristiana tendríamos que sentarnos a leer con calma el por qué le ocurre a tanta gente lo que me dices en tu correo, y no hace falta explicarte que cuando digo «leer» hablo de algo tan antiguo -¡y tan propio del Dios que se hace hombre, historia, camino y cotidianeidad!- como ver qué pasa, por qué pasa, a quién pasa, cómo pasa… Y es que a la Iglesia de estos primeros tiempos del siglo XXI parece que se nos hubiera olvidado aquello de los «signos de los tiempos» que el Vaticano II proclamo como realidad y como tarea. La Iglesia no sólo intuimos el camino del Reino hoy y aquí a partir de la revelación bíblica, la doctrina, o la reflexión teológica, sino también a partir de la vida («la Vida»), de lo que ocurre, de ese Quinto Evangelio que es el discurrir de la historia que vamos tejiendo cada hombre y cada mujer con sus y nuestros gozos y esperanzas, sus y nuestras tristezas y angustias (como proclama el nº 1 de Gaudium et Spes). La vida (repito, «la Vida») es fuente de revelación. Y el que haya
tantos y tantos escritos como el tuyo, Alba, no puede ser una casualidad, no puede ser un paréntesis en ese formidable caminar de Dios que es la historia en la que aletea sin cesar el aliento de su Espíritu.

Junto a todo lo anterior, no se puede negar que son muchos los que hoy en día encuentran respuesta a esa necesidad que planteas, Alba, en grupos y movimientos cristianos muy característicos: Neocatecumenales, Opus Dei, Focolares, Comunión y Liberación… Tampoco es escaso el número de gente que, al menos en una etapa de su vida (generalmente, entre la adolescencia y la primera juventud) encuentran su espacio en grupos ligados a la vida religiosa. A la vez, espacios como comunidades de base en sentido amplio, movimientos especializados de Acción Católica, o, por poner otro ejemplo, grupos basados en la Revisión de Vida (la auténtica, la que es mucho más un estilo de vivir que un método de hacer una reunión), van disminuyendo en número y en intensidad. Y aun habría que hablar de mas situaciones, pero con este escrito no quiero hacer ningún análisis riguroso, sino sólo ir apuntando líneas para lo que decía antes, para ese esfuerzo que deberíamos hacer la Iglesia de leer con ojos creyentes correos electrónicos como el tuyo.

Y con todo, hay algo, Alba, que sí me atrevo a decirte. Y me atrevo porque a mí me ha servido y me sirve -y a otros también- no tanto para encontrar o dejar de encontrar el lugar de llegada, sino para, al menos, mantenerse en camino y poder seguir abriendo cada mañana las persianas en esperanza (la auténtica, la que nace de descubrir cómo mira el rostro de Dios en Jesús). Me refiero a vivir todo eso con una clara conciencia de «Éxodo», de saber que estos tiempos son -para ti, para mí, para muchos- tiempos en los que hemos apostado por abandonar Babilonia y ponernos decididamente en marcha hacia Jerusalén… aunque eso suponga dejar atrás la no del todo desagradable Babilonia (en la que se es esclavo, sí, pero de forma muy sutil), cruzar el desierto, y, encima, no estar seguro de que lleguemos.

Sigo buscando mi espacio y mi hueco en la Iglesia porque sé que no es un sueño, porque sé que esa «Jerusalén» tiene que existir, y que si no existe podemos arremangarnos y ponernos a construirla. Cerca de mí surgen voces que me invitan a uno u otro sitio y me dicen que ahí se está bien y a gusto. Y, por lo pronto y en este escrito, no digo ni que sí ni que no, ni me pongo a discernirles desde el Evangelio del Victorioso Crucificado. Pero sí digo que no son lo mío, que algo dentro de mí me sigue empujando a buscar otra cosa, otro estilo, otra forma de hacer carne la Palabra y poner la Mesa anticipada del Reino en los caminos de los extrarradios.

Y sé que esa «otra cosa» existe. Lo sé porque hay hermanos y hermanas que, aunque están físicamente lejos de mí o de mis posibilidades actuales, la han encontrado. Y más importante aún: sé que existe porque esta necesidad que siento -y que sientes tú, Alba, y que siente aquél, y aquél, y tantos y tantas- no puede ser una alucinación, un «error doctrinal», una «falta de comunión»: nada tan vivo y tan intenso y tan discernido y tan profundo puede tener un origen distinto al del Aliento del Señor que siempre -ab-so-lu-ta-men-te siempre- camina por delante de nosotros en este éxodo hacia los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva.

Como te digo, Alba, a mí eso me ayuda. A lo mejor no me garantiza el éxito -Moisés no entro a la Tierra Prometida (ver Deut 31, 2)-, a lo mejor no me evita el que haya días de cansancio y de dudas -también Israel añoraba las cebollas y los puerros de Egipto a pesar de que allí estaba el látigo (ver Núm 11, 4)-, ni tampoco me quita el, a veces, echarle la bronca al Señor por meterme dentro esta sed y no ponerme cerca la fuente. Pero lo que sí que me hace es seguir buscando, seguir caminando y soñando ese grupo donde, con palabras tuyas, haya «apoyo, posibilidad de compartir, escucha, interpelación, interpelación, y más interpelación». De hecho, en estos momentos de mi vida, podría presentarte a unos que nos reunimos todos los viernes -todos menos yo tienen 18 años-, entendieron y se identificaron plenamente con tu correo cuando se lo leí -sin nombre ni ningún dato personal, por supuesto- el viernes pasado, y ¡sólo somos cuatro! (y con pintas de ser tres de aquí poco).

Buf, releo todo lo escrito arriba y tengo la sensación de que he usado muchísimas palabras para no terminar diciendo nada. En fin, que eso, Alba, que hay que seguir, que hay que seguir dejando que esa ansia de encontrar «un lugar en la Iglesia» nos siga quemando. Y que hay que seguir porque, aun suponiendo que nosotros no lo encontremos, nuestra búsqueda hará que los que vengan detrás estén un poco más cerca. Que así se hace el Reino, paso a paso y codo con codo, sabiendo que -ver Salmo 55 (56), 9- ningún sudor y ninguna lágrima es dejada de recoger por Dios en su odre, sabiendo que nuestra vida errante está anotada paso a paso por él… y termina dejando un poquito más cerca para los siguientes el Sueño Grande y Bueno de Dios, que Jesús llamaba el Reino.

Bueno, pues eso, que tendremos que crear un movimiento llamado «Los que Buscan un Grupo como Dios Manda» jeje Será un movimiento de gente que no se reúne nunca, porque si se reunieran ya no serían de ese movimiento. Pero, eso sí, seremos muchos.

El origen del Día de la Mujer Trabajadora (8 de marzo)

Se suele decir que la celebración del Día de la Mujer Trabajadora el 8 de marzo proviene del incendio ocurrido ese día en 1908 en una fábrica textil de Nueva York, provocado por el empresario ante las obreras declaradas en huelga y encerradas en la fábrica.

Pero conviene matizar ese dato. El 8 de marzo como celebración del Día de la Mujer Trabajadora tiene un origen múltiple, aunque, ciertamente, en ese origen se incluye la tragedia dicha. No hay acuerdo en los historiadores sobre cuándo y en qué forma tuvo lugar el drama.

1908

  • Para algunos, es el 8 de marzo de 1908 cuando mueren calcinadas 146 mujeres trabajadoras de la fábrica textil Cotton de Nueva York, en un incendio provocado por las bombas incendiarías que les lanzaron ante la negativa de abandonar el encierro en el que protestaban por los bajos salarios y las infames condiciones de trabajo que padecían.

1909

  • 28 de febrero. A instancias del Partido Socialista de EE.UU, se celebra en todo el país el primer Día Nacional de la Mujer, que éstas siguieron celebrando el último domingo de febrero hasta 1913.
  • 8 de marzo. Se convoca en Nueva York una manifestación exigiendo mejoras de condiciones para las mujeres emigradas y la abolición de la explotación infantil, así como el derecho al voto de las mujeres.
  • 27 de septiembre. En el marco de una huelga de más de trece semanas de las empleadas y empleados del sector textil en el East Side de Nueva York, tiene lugar una manifestación de más de 20.000 obreros, en su inmensa mayoría mujeres. Durante esas 13 semanas padecen hambre, ataque de esquiroles, detenciones (más de 600), despidos… pero consiguen las peticiones reclamadas.

1910

  • La Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague, proclama el Día Internacional de la Mujer Trabajadora como una jornada de lucha por los derechos de las mujeres. La propuesta parte de la dirigente comunista alemana Clara Zetkin, y se aprueba unánimemente por las más de 100 mujeres procedentes de 17 países.
  • Obreras de la Triangle Shirtwaist Company protagonizan la primera huelga llevada a cabo exclusivamente por mujeres en demanda de mejoras en su situación laboral.
  • 19 de marzo. El Día Internacional de la Mujer se celebra por primera vez en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza. En los mítines se reclama para las mujeres el derecho de voto y de ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la formación profesional, y a la no discriminación laboral.
  • 25 de marzo. Es aquí donde algunos historiadores sitúan el incendio que se comentó arriba (ver 1908). Más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes italianas y judías, mueren en el trágico incendio de la fábrica Triangle ShirtWaist de la ciudad de Nueva York, incendio provocado. En todo caso, el suceso tuvo grandes repercusiones en la legislación laboral de los Estados Unidos. En las celebraciones posteriores del Día Internacional de la Mujer se hizo referencia a las condiciones laborales que condujeron al desastre.

1913

  • 23 de febrero. En el marco de los movimientos en pro de la paz que surgen en vísperas de la Primera Guerra Mundial, las mujeres rusas celebran su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero.

1914

  • 8 marzo . En ese día o en torno a él, las mujeres de varios países europeos celebran mítines para protestar por la guerra o para solidarizarse con las demás mujeres.

1917

  • 23 de febrero. Como reacción ante los 2 millones de soldados rusos muertos en la guerra, las mujeres rusas eligen de nuevo el último domingo de febrero para declararse en huelga en demanda de «pan y paz». Los dirigentes políticos critican la oportunidad de la huelga, pero las mujeres la hacen de todos modos. Cuatro días después el Zar se ve obligado a abdicar y el gobierno provisional concede a las mujeres el derecho de voto. Ese histórico domingo fue el 23 de febrero según el calendario juliano usado en Rusia, o el 8 de marzo según el calendario gregoriano utilizado en otros países.

1931

  • 1 de octubre. Se aprueba en España el voto de las mujeres tras una larga historia en todo el mundo.

Carta al asombrado primer año de Julia

S. Salvador de Cantamuda, 7 de febrero de 1993

Feliz cumpleaños, Julia.

Es la primera vez que has oído esas dos palabras. Es la primera vez que la luz de una vela iluminaba a la vez los mil colores de una tarta y la mirada grande de tus ojos. Es la primera vez que los tuyos te hemos felicitado por haber recorrido las sendas del tiempo.

Y esa primera vez, se ha sumado a tantas otras primeras veces que has vivido en este primer año, Julia. Los adultos nos creemos que un año son sólo doce meses, e incluso decimos que tienes «un añito», como si los primeros años fueran más cortos que los demás. Pero tú, Julia, al llegar a tu primer cumpleaños, has descubierto que 365 días son miles de momentos para asombrarse, para hacer de todas y cada una de las cosas un descubrimiento, una novedad, una mirada clara que aún no ha enturbiado el discurrir por los cauces largos de las tierras bajas.

Sé que todo esto son palabras manidas, y recursos literarios ya gastados, de tanto utilizarlos el ser humano al intentar escribir el por qué de sus amores y de sus preguntas.

Pero es que a mí, Julia, ya se me ha olvidado cómo era el mundo cuando todo era nuevo, cuando aún era primavera, cuando cada luz se veía por primera vez, cuando -como tú- se celebraba el primer cumpleaños.

Y por eso, porque se me han gastado las palabras, porque de tanto intentar describir las cosas las he reducido a frases hechas y viejas, hoy, en tu primer cumpleaños, te pido que me dejes escribirte con tu misma letra, y contarte lo que es el asombro con los mismos renglones que día a día has rellenado en tu primer año de vida.

Déjame, Julia, que a tu lado vuelva a asombrarme -casi sin llegar a la mesa- de que los papeles se puedan romper, y de que sea tan divertido oír su ruido y verles arrugarse en mil formas entre mis dedos.

Déjame que descubra por primera vez el asombro de volver una esquina y descubrir una nueva habitación en la casa de los abuelos, agarrada a unas manos seguras, asomada a la ventana que da a la sierra.

Llévame contigo, Julia. Y me enseñarás lo asombroso de tener pies, y de que la hierba sea blanda, y de que se puedan empujar las sillas, y de que al soplar el aire acaricie tus labios.

Yo no sé si cuando leas esto te acordarás de todo lo que estoy diciendo. Supongo que tendrás que buscar en lo más profundo, no de tu memoria, sino de tu corazón. Pero seguro que allí volverán a aparecer los primeros fuegos artificiales en la noche de San Juan, y los brillos de la lámpara del salón, y el abuelo que te hablaba tan seriamente mientras tú le escuchabas asombrada.

¿Te acuerdas de cómo jadeaste cuando tus manos golpearon la mesa e hicieron ruido? ¿Te acuerdas de cómo abriste los ojos al comprobar que podías abrazar fuerte, muy fuerte, a aquel sedoso dinosaurio?

Es la vida, Julia. La vida que te rodea, que te asalta, que se echa encima de ti como un alud de colores, de formas, de sensaciones, de amores. Es la vida que se te ofrece a cada paso, a cada gesto. Es la vida que está ahí, al alcance de tus manitas, de tu rostro, de tus suspiros.

Tú, Julia, has descubierto cada día un nuevo asombro. Para ti, vivir consiste no sólo en descubrir que no hay nada conocido y que todo es nuevo, sino en asombrarte de ello. No sólo descubres que las rodillas de papá pueden convertirse en un caballo mágico mientras te tararea una marcha militar, sino que te asombras de ello. Y es ese asombro el que te llena de gozo, el que hincha tu ser y lo llena de infinito, el que te empuja a seguir buscando con los ojos, con las manos, con la boca, con todos los poros de tu alma. Lo que descubres alimenta tu cabeza. Pero el asombro alimenta tu corazón. Y es ese asombro el que te enseña el amor.

Durante este año, Julia, has vivido en el regalo del mundo. El regalo de un universo que los adultos nos afanamos por conocer y ante el que tú has preferido asombrarte.

En el fondo, Julia, has vivido la experiencia de aquel Dios que se paseaba por un mundo recién estrenado y que, con una sonrisa de felicidad, se iba diciendo: «todo es bueno, todo es bueno».

Como ves, Julia, aún no soy capaz de escribirte un cuento. Te lo decía en la carta que te mandé nada más nacer, hace ahora un año. Y te lo vuelvo a repetir ahora: ningún cuento sería posible para ti, al menos todavía. Los cuentos son las horas de ese país al que los hombres viajamos de vez en cuando para descubrir la auténtica verdad, que dejamos perdida en algún recodo de aquella época en la que aún nos dejábamos empapar por el asombro de la vida. Pero tú, Julia, todavía te maravillas de lo grande de las puertas y del ruido del agua que se zambulle gorjeante en el sumidero. Cualquier cuento que te contara sería tu vivir de cada día. Y entonces no sería un cuento.

Por eso te escribo una carta, una carta de adulto. Una carta que para ti es lejana y desconocida. Y mientras yo intento, sin lograrlo, buscar imágenes poéticas, palabras que no se repitan aunque quieran decir lo mismo, y formas de construcción que concorden el contenido con la forma, tú Julia, te limitas a dejar que te golpeen con su asombro las imágenes cambiantes de las primeras olas, las palabras rítmicas del primer tren que pasó a tu lado, y las formas frescas del agua corriendo por tu cara en la primera piscina. Mientras yo te escribo una carta, tú, Julia, me cuentas el cuento único e imposible de escribir del asombro de la vida.

Es, pues, el momento de ir acabando esta carta. Cualquier editor me diría que es demasiado corta para publicarla en un libro que se precie de normal y de ser como dios (con minúscula) manda. Pero gracias a Dios (esta vez el de verdad, el bueno), tú no eres mi editor, y la longitud de esta carta no la determina ningún mercado, sino tus ojos que se van cerrando y que me indican que por hoy has tenido suficiente embriaguez de asombros, y que ya no te caben más en tu cuerpo de un año y en tu alma de eternidad.

Que sea así, Julia. Duerme. Apagada quedó la vela del primer cumpleaños, y doblado está el disfraz de limón del primer carnaval. Duerme en las alas de las primeras cosquillas, y de la primera vez que probaste el foie-gras. Duerme, y vuelve a asombrarte de la gente llenando la plaza al pie de tu balcón, y de los dibujos animados en la televisión, y de cómo se mueve la fregona, y de lo terrible que resulta ver a la aspiradora correr.

Duerme. Duerme para seguir velando asombrada hasta que vuelva a escribirte. Quizá para entonces tus asombros, los asombros de Julia, ya no sean tantos. Y, sobre todo, de aquí a un año habrás empezado a llamarlos por su nombre. Ahora, a todos les llamas con la misma palabra: «¡oh!»; ese «¡oh!» que todos vemos escrito igual pero que sólo sabemos cómo lo pronuncias aquellos que te queremos. Y aunque me parece que tú dices más con ese «¡oh!» que nosotros con todas las palabras que tú vas a aprender en el año que ahora empiezas, supongo que será necesario que recorras ese camino.

Llamar a las cosas por su nombre hará que sean tuyas, que puedas usarlas, que puedas cambiarlas, y -si así lo deseas- que puedas dejarlas. Eso no es ni malo ni bueno. Simplemente es vivir. Pero correrás el riesgo de dejar de asombrarte ante esa vida. Correrás el riesgo de que, al saber el nombre de cada cosa, pierdas el sutil hilo de luz que las une a todas. Ese hilo de luz que ve a cada paso tus ojos muy abiertos, tu boca redonda como tu «¡oh!», tus manos que se lanzan a tocar como una prolongación del alma, tu ser entero que vibra ante la vida que estalla de vida. Ese hilo de luz, en fin, que los mayores llamamos con esa palabra que te he repetido tantas veces en estos folios y a la que soy incapaz de encontrar otra que la sustituya: asombro.

Pero, mientras tanto, mientras tú vas caminando hacia tu segundo cumpleaños y yo voy dejando que en mi corazón germine -suave pero dolorosamente- una nueva carta, déjame que -aunque ya estés casi dormida- te coja en brazos y me cuentes otra vez aquél asombro del reloj de cuco.

¿Cómo era Julia? ¿Cómo era aquella casita de madera, con hojas de arce y piñas de cedro? ¿Cómo era aquél momento insospechado en que un pájaro blanco y con el pico rojo aparecía de la nada y lanzaba por todo el salón su saludo de cuco, corto, intenso, campanilleante, agudo, mágico? ¿Como era ese asombro repentino que te hacía volver la cabeza, que te obligaba a dejar cualquier cosa que estuvieras haciendo, que te dejaba sin respiración y te inmovilizaba, que te hacía abrir los ojos, la boca y el corazón más que nunca?

¿Cómo era, Julia, aquél instante que hizo -por primera vez en tu vida- que los asombros tuvieran nombre, y que lo que hasta entonces había sido «¡oh»!, empezara a ser «¡gugo!»?

No te duermas, Julia, sin contármelo. Mírame a los ojos, y mientras te rindes confiada en mis brazos, enséñame a asombrarme ante cada momento de esta vida llamándoles a todos por un sólo nombre. Enséñame, asombrada Julia ante el cuco de la casa de los abuelos, que en el fondo del asombro por todas las cosas, está el asombro primero de algo que nos sedujo, se nos metió dentro, y ya no podemos dejar.

Enséñame, Julia dormida tras tu primer cumpleaños, cómo se llama el Asombro que late en todos los asombros. Dímelo tú, que pusiste a cada asombro que descubrías, el nombre del único Asombro que te descubrió a ti. Dímelo, niña Julia. Para que yo, que he crecido, vuelva a asombrarme como tú, y tenga un sólo Nombre para todas las cosas, y una sola Palabra para todas las palabras, y un sólo Asombro que devuelva a cada cosa y a cada historia su asombro más profundo.

Feliz cumpleaños, Julia. Que el cuco vele tu sueño. Y que mañana su canto te vuelva a asombrar, para que en cada cosa lo veas, y en cada jirón de la vida vuelvas a ver su cuerpo blanco como la luz de un resucitado, su pico rojo como un costado abierto, su canto pleno como el de una Buena Noticia.

Feliz cumpleaños, asombrada Julia. Feliz cumpleaños a todas las asombradas Julias de cualquier lugar, de cualquier tiempo, de cualquier amor.

[autor: @Mochilados]

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Lo explico con detalle en esta entrada
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El Resucitado es el Crucificado

Este artículo de Jon Sobrino fue publicado en la revista «Sal Terrae» en marzo de 1982. He añadido imágenes de Maximino Cerezo Barredo.

EL RESUCITADO ES EL CRUCIFICADO
Lectura de la resurrección de Jesús desde los crucificados del mundo

Este número monográfico de “Sal Terrae” está dedicado a la resurrección de Jesús como acontecimiento y verdad fundamental para la fe cristiana. Queremos en este breve artículo recordar otra verdad no menos fundamental para la fe: que el resucitado no es otro que Jesús de Nazaret crucificado. No nos mueve a ello el subrayar necesariamente lo dolorista, como si no pudiera haber en la fe un momento de gozo y esperanza, ni tampoco ningún principio teológico que pudiera exigir contraponer siempre cruz y resurrección. Nos mueve más bien una doble honradez, con los relatos del Nuevo Testamento por una parte y con la realidad de millones de hombres y mujeres por otra.

Con lo primero queremos decir que es preciso recordar que el resucitado es el crucificado, por la sencilla razón de que es verdad y de que así -y no de otra manera- se presenta la resurrección de Jesús en el NT. Esta verdad no es, además, sólo una verdad de hecho que hubiera que notar como un dato más del misterio pascual, sino una verdad fundamental, en el sentido de que fundamenta la realidad de la resurrección y, de ahí, cualquier interpretación teológica de ella.

El Resucitado es el Crucificado Jon Sobrino. Maximino Cerezo 1Con lo segundo queremos decir que en la humanidad actual -y ciertamente donde escribe el autor- existen muchos hombres y mujeres, pueblos enteros, que están crucificados. Esta situación mayoritaria de la humanidad hace del recuerdo del crucificado algo connatural, y exige ese recuerdo para que la resurrección de Jesús sea buena noticia concreta y cristiana, y no abstracta e idealista. Por otra parte, son estos crucificados de la historia los que ofrecen la óptica privilegiada para captar cristianamente la resurrección de Jesús y hacer una presentación cristiana de ella. Esto es lo que pretendemos hacer a continuación: concretizar cristianamente algunos aspectos de la resurrección de Jesús desde su realidad de crucificado, lo cual, a su vez, se descubre mejor desde los crucificados de la historia.

1. El triunfo de la justicia de Dios

Muy pronto, a través de un proceso creyente, se universalizó lo ocurrido en la resurrección de Jesús. Cruz y resurrección empezaron a funcionar como símbolos universales de la muerte -como destino de todo ser humano- y de su anhelo de inmortalidad -como esperanza de todo ser humano-. El poder resucitador de Dios se presentó como garantía de esa esperanza más allá y contra la muerte. Continue reading

Carta a Julia recién nacida

S. Salvador de Cantamuda, 7 de febrero de 1992

Querida Julia:

Si estás leyendo esto, si son tus ojos los que recorren estas líneas y son tus manos las que sostienen este viejo cuaderno[1], significa que habrá pasado mucho tiempo desde que esta carta se escribió.

Significará también que ya sabrás que yo, tu tío, me decido a escribir, además de a otras muchas cosas igual de raras y de poco frecuentes.

Significará, en fin, que habrás celebrado muchos sietes de febrero recordando aquél de 1992 en que tú naciste y en que yo te escribo esta carta.

Quizá de niña hayas leído ya alguno de mis cuentos. Pero esta carta tardarás en leerla. Porque para entenderla tendrás que haber recorrido ya muchos de los caminos de este planeta, y tendrás que haber conocido mucho de lo mejor y algo de lo peor que tenemos esos asombrosos personajes que somos los seres humanos.

Cuando me he enterado hoy de que has nacido, inmediatamente cerré los ojos y entré en ese lugar que tenemos todos en lo más profundo, y del que salen los mejores amores y también las más esquinadas amarguras. Entré ahí, en lo hondo, porque es ahí donde nacen también los cuentos. Y yo quería escribirte un cuento hoy, el día que has nacido, el día en que -por vez primera- tus padres han podido mirar, acariciar y besar un largo sueño de nueve meses.

Quería escribirte un cuento. Incluso pensaba escribirte uno en que tú fueras la protagonista. Tus padres, en forma de gatos, fueron los actores de una pequeña leyenda que les escribí. Un amigo mío es un lobo en una historia que me salió algo triste. Y mis padres, tus abuelos Enrique y Loreto, han adoptado las más diversas formas en la larga Poesía del Dar y el Recibir que ha sido y es nuestra vida.

Pero, cuando me he puesto a la tarea, me he dado cuenta de que no voy a ser capaz de escribirte un cuento. Más adelante quizá, pero hoy no. ¿Qué cuento te podría escribir hoy? Todos se quedarían demasiado cortos para decirte cómo es el lugar de mi corazón donde has entrado y te has quedado, como si fueras de ahí de toda la vida.

¿Qué cuento, Julia, te podría inventar hoy? ¿El de «La Estrella que tenía sueño»? ¿El de «El Delfín que montó un Tío-Vivo»? Quizá el de «La Puerta que sólo dejaba entrar», o aquél de «Los Ositos que buscaban el Mar», o aquél otro -un poco amargo- de «El Niño que descubrió la verdad». ¡Qué sé yo! Todos los cuentos que se me ocurren los estás tú contando ahora, y mucho mejor que yo, incluso mucho mejor de lo que volverás a contarlos en tu vida.

Hoy no puedo contarte un cuento. Del mismo modo que no se puede mirar directamente al sol, o intentar cantar en lo profundo del océano, o hacer un discurso cuando te miran los ojos del amado.

Es cierto que muchos escritores lo han hecho. Son muchos los que han puesto letra, verso o canción al nacimiento de un nuevo hombre o de una nueva mujer. Hasta es posible que tu madre te haya dicho, bajito y al oído, los versos que Juan Goytisolo compuso con tu nombre: «Palabras para Julia».

Pero yo no puedo hoy escribirte nada de eso. Y sólo puedo escribirte una carta. Es cierto que los cuentos son más bonitos que las cartas. Pero también es verdad que, cuando lees un cuento, siempre parece que se escribió hace mucho. Y una carta, en cambio, se lee una y otra vez como si se acabara de abrir.

Y además, Julia, quisiera que esta carta fuera algo especial. Algo especial porque, aunque tardarás en leerla, yo te la estoy escribiendo ahora, cuando ni siquiera te he visto todavía. Y cuando vaya a verte a Barcelona te la leeré. Porque sé que la escucharás. Porque sé que ahora, cuando aún no has empezado casi a crecer, es cuando puedes comprenderla, antes de que entres en ese largo sueño de la niñez en el que ya sólo te podrá leer cartas Peter Pan.

Por eso te escribo ahora esta carta, Julia. Cuando todavía estoy a tiempo de entrar en tu corazón, y dejar allí mi sueño para ti.

Mira, Julia: el cuadernillo que tienes entre tus manos está hecho con papel reciclado y ecológico. Y espero que, cuando leas esas dos palabrejas te preguntes por qué te digo esto. Porque eso será señal de que en tu presente, que es hoy mi futuro, el ser humano habremos aprendido a ser un latido más de la Vida que nos rodea en los árboles, los cielos, las montañas y las aguas. Será señal de que ya no estaremos empeñados en derrumbar la única Casa que tenemos desde el principio de los tiempos y que nos tiene que durar como Hogar hasta el final.

Por otra parte, esta carta está escrita en un ordenador oersonal, utilizando el procesador de textos más potente que tenemos hoy en día. Y si, cuando leas esto, ves normal la unión de Papel Ecológico y Alta Tecnología, significará que habremos aprendido a poner al servicio de las personas los conocimientos y las sabidurías, y no al revés.

Pero hay más cosas. Si esta carta llega hasta tus manos, significará que ha sido guardada por tus padres junto a tus primeras fotos, junto a aquél dibujo, y junto a la concha que cogiste en la playa. Y eso significará que de Juan, tu padre, y de Clara, tu madre, habrás aprendido qué es eso del Amor. En tus padres habrás visto el poder del Amor, y también su debilidad, su grandeza y su día a día, su seguridad y su temblor.

Esta carta, Julia, es también una herencia. Porque, mejor o peor escrita, esta carta te recuerda que en tus venas llevas sangre de escritores, de escultores, de músicos. Llevas la sangre que le hace a tu madre hacer esas fotos y a tu padre esos dibujos pequeñitos. Es verdad que también llevas sangre de nobles y de conquistadores. Pero espero que eso importe ya muy poco cuanto tú leas esto. Espero que, entonces, la Belleza valga más cara que las Armas, regalarse una flor sea lo normal cuando dos naciones se peleen, y -aunque no se sepan hacer ecuaciones de segundo grado- se puedan aprobar las Matemáticas recitando una poesía.

También te puedo decir hoy, cuando te escribo esta carta, que el periódico estaba lleno de noticias de gente muy importante y -poe lo que se ve- muy preocupada en cuarenta mil cosas. Pero que, entre todas las noticias de uno y otro lado, hay que reconocer que no salía tu nacimiento. Como dice Sabina (un cantante de mi época): «hoy amor, igual que ayer, como siempre, el diario no hablaba de ti ni de mí». Pero quizá también eso sea distinto en el futuro, en tu presente. Quizá para entonces la primera página de los diarios sea que ha nacido una niña llamada Julia, o que a un anciano se le llenaron los ojos de lágrimas al mirar su foto de bodas, o que se vio por el parque a un niño riendo no se sabe de qué, o que una golondrina se posó en mi ventana.

Y si no es así, Julia, si los periódicos siguen destacando en titulares el discurso de aquél político contra el gobierno o la enésima conferencia de paz del Oriente Medio, entonces escribe tú tus propias noticias. En la portada de este cuaderno te dejo lo suficiente para que lo hagas: unos lápices de colores, porque hay cosas que quedan mejor escritas en el arco iris; un bocadillo de queso, que no hace falta más para que el cuerpo responda al mandato del alma; y un cuaderno abierto, siempre abierto, para que quepa tanto gozo. También hay dos pequeños lápices juntando sus naricillas. Pero, por la edad que tendrás cuando leas esto, estarás muy cerca de comprender eso por ti misma.

Tampoco te quiero engañar, Julia. Si te fijas en la portada de esta carta, también verás algunas hojas rotas, que se han perdido de los cuadernos en que vivían. Lo único que te pido es que, aunque sean viejas y feas y parezca que ya no te sirven para nada, no las tires a la papelera. Todo ser humano tiene que, tarde o temprano, hacerse una pregunta que no tiene respuesta: la pregunta sobre el dolor. No sabemos por qué hay sufrimiento, por qué la mayoría de la humanidad muere injustamente, por qué hay tan pocos sentados a la mesa del bienestar, por qué ir por la vida con los brazos abiertos sirve para que te abracen pero también para que te abofeteen. No sabemos nada de todo eso. Y cuando yo te escribo esta carta, lo peor es que cada vez huimos más de esa pregunta. Y acallamos los gritos de los que sufren con mil ruidos, mil carreras, mil objetos, y -en el fondo- mil huidas.

Algunos, aunque tampoco tenemos la explicación última de las llagas del hombre, intuimos que la respuesta está en que esas llagas sean la herida siempre abierta de Jesús de Nazaret. Una herida que, algunos, creemos se ha convertido en el triunfo final de la Vida sobre todo llanto, sobre todo luto y sobre toda muerte. Yo estoy entre esos algunos. Y te lo tenía que decir porque no habría sido honrado callármelo. Pero también sé que, aun antes de que yo te lo haya dicho, ese Jesús habrá llegado ya a ti, te habrá llamado por tu nombre y se habrá sentado a tu vera. Que tú le veas o no es posible que, después de todo, no sea tan importante. A fin de cuentas, si es verdad lo que creo, todo lleva su nombre: unos le llaman Dios y a otros se le llenan los ojos de lágrimas.

En cualquier caso, Julia, la verdad es que ni siquiera puedo garantizarte que esta carta te llegue. Ninguno de los habitantes de este planeta, con todo nuestro poder y con toda nuestra ciencia, somos quienes para asegurar cómo es el camino ni siquiera unos pocos metros más allá de donde estamos. Yo no puedo saber si esta carta se la comerá un gato, o si se perderá en una mudanza, o si desaparecerá misteriosamente sin que nadie sepa dónde está (con los años que tienes, ya habrás descubierto que las casas son mágicas, y que hay cosas que se volatilizan del sitio donde se dejaron).

Tampoco puedo saber si, cuando tengas edad para leer estas líneas, lo harás; o si te dormirás en el primer renglón, o si te llamará el novio en ese momento, o si te habrás ido a vivir a la Polinesia, o si habrás llegado a la conclusión de que tu tío es un tanto estrafalario y esta carta es una tontería (lo primero es verdad, lo segundo no).

Porque no puedo saber hoy cuál va a ser tu camino; porque no hay poder humano o divino que pueda predestinar los senderos de tu corazón; porque se nos puede quitar la libertad de las manos pero no la del espíritu; porque como dice Serrat (otro cantante de mi época, pero de tu tierra) nada ni nadie puede impedir que sufras, que las agujas avancen en el reloj, que decidas por ti misma, que te equivoques, que cambies y que -un día- nos digas adiós… por todo eso, Julia, déjame confiarte un secreto: es igual que leas esta carta o que no la leas.

Es igual porque esta carta tampoco es mía. Esta carta es hija de las miles de cartas que yo he recibido en la vida. Las miles de cartas que he recibido yo, y tu padre, y tu madre, y todos los que -entre esperanzas y angustias- corremos la carrera que nos ha tocado en el estadio cósmico de la historia. Y no sé si leerás esta carta, pero sí sé que recibirás todas esas otras.

Tú también cruzarás el espejo con Alicia, y viajarás por los planetas con el Principito, y recibirás los tres regalos buenos y el regalo malo de la Bella Durmiente. Tú tendrás la suerte de ser de esos pocos elegidos que tuvimos por tío a Jacinto, por compañero a Akela, y por horizonte a Moby Dick. Tú, Julia, por la familia que tienes, por el lugar y el año en que has nacido, podrás volar en la bandada de Juan Salvador Gaviota, y podrás escoger entre el Poder y la Gloria, y viajarás -ojalá así lo quieras- hacia la segunda estrela a la derecha y, luego, todo recto hasta el amanecer.

Acuérdate siempre de esto, Julia: cuando la vida te sonría y el pecho se te llene de gozos, mira a tu alrededor y descubrirás a un pequeño Hobbit, o a un Niño que viaja de los Apeninos a los Andes, o la casa del Abuelo en la montaña; y en los momentos negros, por oscuro que sea el pozo, siempre podrás ver brillar la Estrella del Hada, la enseña de los Mosqueteros, o el monóculo de William Fogg.

Querida Julia: es ya muy tarde. La noche ha caído sobre estas montañas en que vivo. Desde mi ventana veo el robledal como una sombra que se mueve en muchas formas, al soplo de un suave viento. No hay luna. Has nacido en luna nueva, como queriendo que fuera tu carita lo más radiante en esta noche de febrero.

Ojalá muchas lunas distintas iluminen el cuento de tu vida. Ese cuento que tu tío no ha sabido escribirte. Ese cuento que irás entretejiendo con todos los cuentos de todas las épocas y de todos los niños.

Ese cuento que un día pondrá la palabra «fin». Pero que, como en todos los cuentos, seguro que será un final feliz.

Así te lo desea, y así lo pide al Dios de todos los hombres, tu tío

@Mochilados

[1] Este escrito se entregó encuadernado a los padres de Julia. Tenía, y tiene, una portada con algunos dibujos a los que se verá que va a hacer referencia el texto.

[autor: @Mochilados]

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No entiendo a los crackers

Y digo que no entiendo a los crakers por aquello de mantener la distinción, que sé cierta, entre crackers y hackers. Aunque quizá de lo que quiera hablar hoy sea de un lamer estúpido, pero puñetero.

En todo caso, no entiendo a cualquier canalla -informático en este caso, pero aplicable tristemente a la vida en general y en cualquier ámbito y estrato social- que se divierte mucho haciendo daño porque sí, y, encima, haciendo daño a gente que no tenemos ningún poder, ninguna fuerza, nigún control sobre nada.

Un grupillo de gente, que solemos movernos en ámbitos sociales y políticos, mantenemos desde hace un año una página web, la de Paz y Justicia. Nos cuesta el dinero del alojamiento y tal, pero bueno, no nos importa si a alguien le sirve. Si se mira esa página, se ve que no tiene nada de malo: la página inicial es una recopilación de las distintas propuestas ciberactivistas que sacan a la red organizaciones defensoras de los derechos humanos; y el resto de las páginas son enlaces -clasificados por temas- a muchos contenidos solidarios de la red. Y, además de eso, hay (bueno, en estos momentos hay que decir «había») un foro. Un foro donde quien quería opinaba, colgaba información, aportaba documentos…

Pues un imbécil se ha cargado el foro. Me niego a llamarle «pirata informático», porque los piratas, al menos, se jugaban el pellejo. Y estos memos lo único que se juegan es estar tan tranquilitos delante de su ordenador, comprarse una revista sobre hackers, y dedicar su tiempo (¿no tienen otra cosa que hacer, un amigo a quien llamar, un libro que leer, un paisaje que disfrutar, un paseo que gozar, una lágrima de otro que secar…?) a jorobar a otros.

Y eso nos pasó: el cracker, hace una semana más o menos, no sólo ha cambiado la portada del foro, sino que se ha dedicado a borrar todo lo que había escrito. Para rematar, a saber qué ha hecho y manipulado, pero el caso es que es imposible subir al foro la copia de seguridad que hacíamos periódicamente.

Y todo eso, ¿para qué? ¿Qué ha ganado este tipejo? ¿De verdad que le ha dado algo el haber puñeteado a otros? ¿En serio que hay gente que puede encontrar gozo en hacer daño así, porque sí?

Bueno, ya sé que la respuesta a esas preguntas es que sí, que claro que hay gente así, y que, como decía, la hay tanto en las altas esferas del poder como en el camino cotidiano del día a día.

Pero no sé, quisiera seguir creyendo que no es así, que hay alguna razón, que a lo mejor es que viven una realidad social muy dura, o que no saben lo que es tener amigos y amigas, o que les zurraron de pequeños, o que tienen la autoestima a nivel 0, o que les patinan las neuronas y les vendría bien un siquiatra…

Yo qué sé. Cualquier cosa… menos creer que alguien se siente feliz haciendo daño a otros.

Tanto tiempo

Hace siglos que no escribo nada en el blog. A saber por qué ha sido precisamente hoy cuando me pongo a pergeñar estas líneas después de tanto tiempo.

Tanto tiempo. Tanto tiempo sin escribir, pero no sin vivir, claro. Tanto tiempo en el que han pasado tantas cosas, tantas historias, tantos rostros, tantos besos, tantos dolores (o dolorcillos, no sé). Tiempo en el que este diario ha estado vacío, sin que lo que pasaba (me pasaba, nos pasaba, les pasaba) dejara aquí nada reflejado. Pero tanto tiempo en que sí que han quedado reflejos, decenas de reflejos, en sitios, en personas, en folios, en corazones, en paisajes…

Es curioso esto de tener un diario. Escribas o no, está ahí. En blanco, dispuesto, como puro receptor, en la generosidad y gratuidad pura del que dice: «aquí estoy, haz conmigo lo que quieras: hagas lo que hagas, incluso aunque no hagas nada, yo estoy aquí, para lo que quieras».

En fin. Espero ser más fiel a este blog. No es fácil porque mucho tiempo se lo lleva la página web de Paz y Justicia. Pero espero sacar algún tiempito. Sin que pase tanto tiempo…